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SIN ÁNIMO DE OFENDER - por Jorge Fernández

La mayor amenaza contra la unidad…

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"In necessariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus carita". (Agustín, obispo de Hipona, siglo IV DC)
[*]

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(JORGE FERNÁNDEZ, 20/03/2017) Reanudo esta reflexión sobre la unidad de la iglesia tras haber intentado señalar, en la primera parte, que la oración de Jesús nos enseña lo esencial que es que, “seamos uno” para que el mundo le crea a Dios y al mismo Señor Jesucristo. No es nuestra credibilidad como iglesia la que está en juego, sino la credibilidad de Dios mismo.

Comprenderlo, debería producir un nosotros un verdadero temor de Dios y el empeño, contra viento y marea, de cuidar y preservar nuestra unidad, con mucha menos ligereza y mucho más celo de lo que, a mi juicio, lo hacemos nosotros, ante cualquier posible amenaza contra ella.

Siempre será más cómodo para nosotros culpar al diablo de nuestras derrotas que hacer autoexamen, pero es mi convicción que Satanás tiene muy poco o nada que hacer contra una iglesia unida.

En esta segunda parte me gustaría subrayar, precisamente, algunas de esas amenazas, destacando la que a mí me parece más destructiva y peligrosa de todas y que, por su propia naturaleza, tendemos a ignorarla o a restarle importancia: lo que el Nuevo Testamento llama, la carne. Es decir, esa parte de nuestra naturaleza humana inclinada al pecado. En palabras del apóstol Pablo, “Porque las desordenadas apetencias humanas están en contra del Espíritu, y el Espíritu está en contra de tales apetencias. El antagonismo es tan irreductible, que os impide hacer lo que desearíais" (Gálatas 5:17 - BLP). (Ver también Romanos 6:14-25)

Se que con este anticipo que acabo de hacer, me arriesgo a que algunos de mis hermanos dejen de leer lo que sigue a continuación. "¿No estás minimizando el poder del diablo?", dirán. "¿Acaso no nos dice el apóstol Pablo que "no luchamos contra carne y sangre", sino contra "huestes espirituales de maldad en las regiones celestes?". "¿No estás subestimando la guerra espiritual contra el diablo y sus demonios?" (véase Efesios 6).

20170320-1b¡Desde luego que no niego el poder del diablo y sus demonios para hacernos mal! Pero recuerdo que Efesios 6, donde se encuentran esas palabras del apóstol, viene después de Efesios 4, donde se nos exhorta a que, "con toda humildad, mansedumbre y solicitud", guardemos "la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz".

Siempre será más cómodo para nosotros culpar al diablo de nuestras derrotas que hacer autoexamen, pero es mi convicción que Satanás tiene muy poco o nada que hacer contra una iglesia unida. Por eso, su principal estrategia contra la Iglesia de Jesucristo será siempre la misma: intentar dividirla.

"UNA CASA DIVIDIDA…"

“Divide y vencerás”. Se cree que Filipo de Macedonia (382-336 AC), padre de Alejandro Magno (356-323 AC) y, por lo que parece, muy conocedor de la conducta humana, fue el creador de esta fórmula que antes tenía que ver, exclusivamente, con la guerra y la política. Hoy es utilizada popularmente para hacer alusión a determinadas situaciones en las cuales una persona, mediante distintos ardides, divide a sus oponentes o potenciales rivales para alcanzar una victoria más sencilla.

"... dicho sea de paso, [en el primer Concilio de Jerusalén] a Satanás no se le da el menor protagonismo… no se lo menciona ni una sola vez.

No sabemos si el Señor Jesús conocía las palabras de Filipo cuando afirmó: “si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no puede permanecer” (Mr. 3:25), pero el caso es que así lo creía y así declaró, lo que es un importante principio espiritual. No debe extrañarnos, por lo tanto, que desde el mismo comienzo de la historia de la Iglesia, la lucha de los apóstoles por preservar la unidad se haya visto desafiada de forma permanente, alcanzando su momento álgido en el primer concilio ecuménico que se nos relata en Hechos capítulo 15, donde a punto estuvo de producirse el primer cisma de la iglesia cristiana. Un episodio en el que, dicho sea de paso, a Satanás no se le da el menor protagonismo… no se lo menciona ni una sola vez. (Hechos 15:1-35)

El tema que había causado las tensiones era verdaderamente complejo y el acuerdo parecía imposible, porque se estaba produciendo un verdadero "choque de civilizaciones" en el seno de la Iglesia, y lo que Pablo y Bernabé pretendían era que la Iglesia de Jerusalén, guardiana de una ortodoxia evangélica muy arraigada en la tradición judía y en la Ley de Moisés, aceptara que ese arraigo no era esencial y que no se le debía exigir a los no judíos para unirse a la comunidad cristiana como miembros de pleno derecho.

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Cuando hoy leemos el resultado del acuerdo final, que no solo impidió el cisma, sino que fortaleció a la Iglesia y su obra misionera en el mundo, podemos caer en el error de pensar que se trató de una decisión exprés, rápida y sencilla. Eso será si no comprendemos  el enorme coste que supuso para los cristianos de origen judío, a quienes no se les pedía tan solo un acto de misericordia y de condescendencia hacia sus hermanos procedentes del paganismo (¡tan ignorantes ellos de la Ley y de las Escrituras!). Lo que se les pedía, igual que se nos pide desde entonces a cada generación de cristianos, era un duro ejercicio de autoexamen que les permitiera distinguir, para ellos mismos y para los demás, lo que constituía la esencia de su fe cristiana, y lo que era simplemente "cultura" y "tradición", elementos de valor relativo y absolutamente prescindibles cuando se convirtieran en una amenaza para la unidad de los cristianos. No, sin duda no fue una decisión exprés para ellos, y ese ejercicio de autoexamen tampoco es fácil para nosotros hoy. Pero su decisión les  honra y les convierte en ¡referentes para todas las generaciones!

LA CARNE… ESA MALDITA CARNE…

... nos quedaremos siempre con la duda de si Pablo y Bernabé volvieron alguna vez a saludarse. Muy triste.

Resulta paradójico y chocante, sin embargo, que, inmediatamente después de su gran victoria conjunta para la preservación de la unidad de la Iglesia, Pablo y Bernabé se hayan dejado arrastrar de tal manera por un desacuerdo sobre un asunto menor, que no solo afectaría a su relación personal sino que pudo haber perjudicado seriamente el progreso de la acción misionera en el mundo (Hechos 15:36-39). Durante años me convenció la idea, tan extendida, de que al final “ambos tenían razón” sobre las cualidades de Juan Marcos para la obra misionera. Uno, por considerarle inmaduro y, el otro, por creer que merecía otra oportunidad. Hoy tiendo a pensar diferente: creo que ambos demostraron estar profundamente equivocados. Se equivocaron al comprometer la unidad y el testimonio evangélico por un asunto menor. Habrían de pasar años para que Pablo admitiera a Juan Marcos en su equipo, pero nos quedaremos siempre con la duda de si Pablo y Bernabé volvieron alguna vez a saludarse. Muy triste.

Nos encanta citar a Lutero para afirmar que “mi conciencia está cautiva de la Palabra de Dios”, cuando, las más de las veces, detrás de tal afirmación grandilocuente no hay más que una conciencia cautiva de resentimientos, de prejuicios, de miedos y de aprensiones, disfrazadas de piedad.

Lo más trágico es que la historia vuelve a repetirse, vez tras vez, generación tras generación. Deberíamos ser más honestos, como los cristianos judíos del primer siglo, y reconocer que, en la mayoría de los casos, no son las grandes ideas, ni los grandes principios doctrinales, los que producen las tensiones entre nosotros, sino cuestiones y actitudes mucho más prosaicas. Pero nos hemos convencido de que las divisiones son inevitables (cosa que no creían los apóstoles, salvo en situaciones extremas, como ya mencionamos en la primera parte de esta reflexión). Nos encanta citar a Lutero para afirmar que “mi conciencia está cautiva de la Palabra de Dios”, cuando, las más de las veces, detrás de tal afirmación grandilocuente no hay más que una conciencia cautiva de resentimientos, de prejuicios, de miedos y de aprensiones, disfrazadas de piedad.

Confundimos "firmeza de convicciones" con obstinación, que en las Sagradas Escrituras es un pecado muy grave, comparable a la idolatría y a la práctica del ocultismo (1 Samuel 15:23); y nuestras antipatías personales en "irreconciliables diferencias doctrinales". Así espiritualizamos nuestros defectos y pecados, convirtiéndolos en virtudes, en lugar de convertirnos nosotros, en nuestros corazones, a la voluntad y a los sentimientos del Señor.

De eso, precisamente, de nuestra tendencia a espiritualizar nuestros defectos y pecados, va la siguiente entrega de esta reflexión, que he titulado, "La unidad está demasiado sobre-espiritualizada". Antes concluyo esta reflexión con una anécdota, que para mí es muy ilustrativa de lo que trato de decir aquí.

UNA HISTORIA REAL…

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Contaba un reconocido y veterano pastor de origen sudamericano, cómo, en los años 70, en una gran ciudad de Latinoamérica donde el evangelio se había extendido mucho y su propia iglesia había crecido de manera extraordinaria, la redacción de los Estatutos de la iglesia produjo una dolorosa división. "Nos amábamos mucho, y habíamos sido muy bendecidos por el Señor, pero cuando los pastores y ancianos de la Iglesia nos pusimos a redactar la base de fe de los Estatutos, alguien propuso incluir una mención a "la santidad", recuerda. "Creemos en la santidad de los creyentes", escribió el secretario de actas. "Creemos en la santidad progresiva de los creyentes", matizó alguien. "¡No!", intervino otro. "¡Creemos en la santidad instantánea de los creyentes!". El asunto derivó en una agria discusión entre los líderes de la iglesia por la "santidad progresiva" y la "santidad instantánea", que culminó con la trágica división de una iglesia hermosa y creciente.

Recordando el incidente, el veterano pastor lamentaba: "Discutiendo sobre la santidad, perdimos la santidad… y el testimonio de unidad de la Iglesia".

Pues eso…

Autor: Jorge Fernández


[*] "En lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; y en todas las cosas, caridad".


© 2017. Este artículo puede reproducirse siempre que se haga de forma gratuita y citando expresamente al autor y a ACTUALIDAD EVANGÉLICA.Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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