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GRANDES ENIGMAS DE LA BIBLIA / por Máximo García Ruiz

Sansón: un héroe mítico

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(MÁXIMO GARCÍA RUIZ*, 26/01/2016) | Sansón fue un juez de Israel (cfr. Jueces 13-16). Claro que el título dado a estos personajes resulta un tanto artificial si lo relacionamos con el  oficio de juez en nuestros días. Israel en esa época era la suma de clanes familiares y tribus seminómadas, sin una estructura administrativa compacta, que no comenzaría a forjarse hasta la época de Saúl para llegar a su clímax bajo el reinado de Salomón, situación que no sería muy duradera, ya que poco tiempo después, bajo el reinado de su hijo Roboam, el reino volvería a debilitarse, dividiéndose en dos y recuperando muchas de sus antiguas costumbres.

El juez en esa época era un personaje con ascendiente sobre las tribus que conformaban el pueblo hebreo; un personaje que actuaba en momentos de crisis u opresión de sus enemigos, encabezando una lucha defensiva o buscando otro tipo de recursos para resolver los conflictos planteados. No se trataba de un cargo formalmente elegido ni duradero en el tiempo. Había jueces guerreros como Aod, Barac y Gedeón; otros eran ricos propietarios como Jair y Abdón; algunos aventureros como Jefté, o héroes populares como Sansón. Se trata de líderes carismáticos que se convierten en personajes nacionales. Su vigencia se extiende desde la muerte de Josué hasta el nombramiento de Saúl como rey, con una figura intermedia entre profeta y juez, que es Samuel.

Sansón apareció como todos los héroes hebreos en momentos de desgracia para salvar al pueblo de los ataques de los filisteos. La tesis que plantea el texto bíblico es sencilla y contundente: si el pueblo obedece a Dios, las batallas contra sus enemigos son gloriosas; si peca y se aparta de los designios divinos, el fracaso es absoluto; en cuyo caso sólo pueden librarse de la opresión de sus enemigos si se arrepienten y se dejan conducir por el líder carismático. La minuciosidad de detalles en la narración de la biografía de Sansón, aún antes de nacer, objeto de cuidados y protección especial, no tiene precedentes en el texto bíblico. Su madre, aunque estéril, daría a luz un hijo; así se lo anuncia el ángel de Jehová. Y ya desde entonces recibe la madre algunos consejos que deberían seguir tanto ella como el niño desde su nacimiento y durante toda su vida. Además de algunos consejos dietéticos, se le indica que no debería raparse jamás el pelo. Y una promesa que se nos antoja reflexión póstuma de historiador: él libraría a los hebreos de las manos de los filisteos (cfr. Jueces 13). Israel tiene su héroe mítico invencible, como Grecia tenía a Hércules, o Babilonia a Gilgamesch. Una fortaleza potente de origen divino atribuida, a que el Espíritu de de Dios les impulsa.

20160126-2aParece evidente que la convivencia entre hebreos y filisteos se entrecruzaba normalmente, salvo en momentos críticos en los que el enfrentamiento resultaba inevitable. El caso es que Sansón tuvo el acierto o desacierto de enamorarse de una mujer filistea, con todo el riesgo que esa relación llevaba implícito. Una relación conflictiva que le colocó ante situaciones especialmente complicadas.  En cualquier caso, la fama de Sansón se extiende entre todas las tribus vecinas, especialmente cuando, según los relatos épicos que circulan sin cesar entre filisteos y hebreos, mató a un león sin más armas que sus propias manos (cfr, Jueces 14). Aunque no fue esa la única hazaña que le lanzó a la fama. La pérdida de una apuesta, debido a la traición de su mujer, le costó tener que pagar “treinta vestidos de lino y treinta vestidos de fiesta” (cfr. Jue. 14:12), lo cual es resuelto de forma drástica: Sansón baja de Timnat a Ascalón, mata a 30 hombres, les roba su ropa y la entrega a los 30 acreedores. Lo chocante aquí, aparte de la brutalidad del hecho en sí, es la forma  cómo lo narra el autor, afirmando: “el Espíritu de Jehová vino sobre él” (cfr. Jue.14:19). Curiosamente, el autor recurre a esta especie de muletilla con frecuencia a lo largo del relato, siempre que Sansón emprende alguna de sus gestas, una fórmula estereotipada que indica el punto de vista filosófico-religioso del autor, ya que con respecto a las motivaciones religiosas del propio Sansón nada se comenta. ¿Puede el Espíritu de Dios inducir a cometer tales actos? Visto desde la enseñanza de Jesús de Nazaret parece algo tan insólito e inaceptable que tenemos que deducir que no, que no es posible atribuir a Dios acciones de ese tipo. Y máxime cuando la propia Biblia nos enseña que Jesucristo es Dios y que “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Heb. 13:8)

Al margen de cómo se produjeran los hechos, o si se trata de una historia real o de una leyenda de las muchas que circulaban entre los pueblos semitas adoptada como una proeza nacional para reivindicar la provisión de Dios sobre su pueblo, es evidente que el autor del libro de Jueces está interpretando los hechos que van sucediéndose como expresión directa de la voluntad divina, siempre favorable a los intereses de Israel. Forma parte de esa ideología doméstica que hace que los israelitas piensen en Dios como propio, Jehová de los ejércitos… ¡de Israel, naturalmente!

Toda la narrativa referida a Sansón resulta épica y su relación con su mujer complicada en exceso, repleta de engaños y de traiciones. Todo ello le lleva a convertirse en un caudillo contra los filisteos, que han de pagar sus propios fracasos sentimentales, según se desprende de una serie de acontecimientos llenos de escenas fabulosas y revestidas de una fantasía desbordante, como el de las trescientas zorras cazadas y atadas de dos en dos, prendidas con teas para incendiar la mies y las viñas de los filisteos (cfr. Jue. 15: 4,5). ¿Cuánto tiempo dedicó Sansón en llevar a cabo esta descomunal tarea? ¿Todos los animales se se pusieron de acuerdo, aún a pesar de estar atados y fustigados por el fuego para dirigirse irremediablemente a los sembrados y a las vides de los enemigos? En cualquier caso, la violencia engendra violencia y los filisteos responden con violencia a los ataques de Sansón, como era de esperar y la rueda de las matanzas no cesa; todo ello, según el narrador, atribuido al hecho de que “el Espíritu de Jehová vino sobre él”. En realidad lo que el texto nos dice es que Sansón no se está comportando como un líder del pueblo, sino que se trata más de un “lobo solitario” que actúa por su cuenta, movido por pasiones e intereses personales y, sobre todo, por un sentimiento irresistible de venganza. Ni administra justicia ni se pone al frente de un ejército, ni ejerce de intermediario ante conflictos domésticos.

Si la historia de las zorras (algunos autores dicen que pudieron ser chacales, ya que la palabra hebrea shuhal utilizada puede  aplicarse a ambos animales) no deja de sorprendernos dada su inverisimilitud, no se queda atrás la que se narra más adelante, cuando Sansón, mostrando su fortaleza, se deshace de las ataduras con que le han hecho prisionero sus propios conciudadanos de Judá para entregarlo a los filisteos y, con una quijada de burro (eso sí, una quijada tierna) como única herramienta, en un  visto y no visto, mató a mil filisteos varones. Aquellas proezas le hicieron famoso y, ahora sí, le convierten en “juez de Israel” durante veinte años de los que apenas sabemos otra cosa que la referencia a sus conflictos matrimoniales y a sus hazañas como hombre forzudo. Por otra parte, si su trayectoria no es un ejemplo de compasión y concordia, tampoco su ética parece ser un modelo a seguir. Jueces 16:1 dice: “Fue Sansón a Gaza, y vio allí a una mujer ramera y se llegó a ella”, con la que pasó una buena parte de la noche, sin que se plantee en el texto ningún reproche moral. Este desvío será aprovechado por sus enemigos para montarle una nueva emboscada que fue eludida por Sansón que aprovecha la oportunidad para dejar constancia, una vez más, de su gigantesca fortaleza arrancando las puertas que cerraban la ciudad (“con sus dos pilares y el cerrojo”) y cargándolas a la espalda como si de un mero tablón se tratara; con ellas al hombro hizo un recorrido de unos setenta kilómetros, que es la distancia que hay entre Gaza y Hebrón  (cfr. (Jue. 16: 1-3), lo cual nos hace pensar, una vez más, en un lenguaje hiperbólico en el que el número 70 juega un papel simbólico. Claro que la gesta más impresionante es la que cierra su ciclo vital a la que haremos referencia más adelante.

La historia de Sansón fue escrita, con toda probabilidad, por Esdras o algún autor contemporáneo suyo, en conexión con el destierro y la necesidad de recuperar la dignidad nacional a base de exaltar las gestas de sus héroes transmitidas mediante narraciones épicas...

 

A partir del verso 4 del capítulo 16 entra en juego una nueva mujer, Dalila. Bien es cierto que si, tal y como admiten los eruditos, el libro de Jueces, de autor desconocido, puede tener su origen en dos fuentes primarias, la sacerdotal y la elohista, ambas mujeres, la filistea del primer engaño y Dalila, pudieran ser la misma. A los efectos que perseguimos no es un tema sobre el que debamos profundizar demasiado. Una vez emparejado con Dalila (no sabemos si filistea o hebrea en el caso de ser diferente a la primera mujer), vuelven a entrar en juego los filisteos y, repitiendo la historia anterior de chantajes  y engaños, se ganan la voluntad de la mujer para que descubra y les informe acerca del misterio de su fortaleza física.

Sansón cae una vez más en la trampa. Una vez más, los enemigos vuelven a arar con su novilla (cfr. Jue. 15:18). En resumen, a Sansón le rapan la cabeza y pierde su fortaleza, es hecho prisionero y esta vez sí, va a ser definitiva. No obstante, no parecen despuntar en ingenio ni Sansón ni sus captores, ya que permiten que pase el tiempo y con el paso del tiempo que vuelva a crecerle el cabello al prisionero, situación que conducirá al drama final, en cuyos detalles no nos entretendremos (cfr. Jue. 16: 4-31).

El tesón puesto por el autor de esta historia en resaltar como virtud principal y única en Sansón el poderío de sus músculos, hace que se recree narrando sus hazañas, ya que éstas redundan en pro del pueblo hebreo y conducen, ineluctablemente, a la muerte de miles de enemigos- Esto hace que ponga en escena, con todo lujo detalles el cuadro final. Desposeído de su melena, símbolo de su fortaleza (hasta que lentamente volvió a crecer y ciego al haberle sido arrancados sus ojos, suplicio muy frecuente entre los orientales de la época, atado de pies y manos, humillado con escarnio público y martirizado de forma inmisericorde, es finalmente llevado al templo donde festejan sus enemigos su alegría, rindiendo culto al dios Dagón. Sansón utiliza una vez más su astucia y, cegado no sólo físicamente sino por su afán de venganza, abraza las dos columnas que dan soporte al edificio y hace que se derrumbe como si de un castillo de naipes se tratara, aplastando a todos los presentes, con él mismo incluido. “Y los que mató al morir [al menos tres mil] fueron muchos más que los que había matado durante su vida” (vr,30b).

Por supuesto, el autor o autores del libro atribuyen esta barbarie al hecho de que Sansón recurrió a Jehová en busca de ayuda no para la gloria de Dios, ni para defensa de su pueblo, sino “para que de una vez tome venganza de los filisteos por mis dos ojos” (vr. 29) y, aunque en esta ocasión no lo dice explícitamente, atribuye a Dios la atrocidad cometida por Sansón. Una salvaje forma de ataque suicida, mucho más aberrante en sus proporciones que las que hoy denostamos de yihaidistas y otros colectivos terroristas…

La historia de Sansón fue escrita, con toda probabilidad, por Esdras o algún autor contemporáneo suyo, en conexión con el destierro y la necesidad de recuperar la dignidad nacional a base de exaltar las gestas de sus héroes transmitidas mediante narraciones épicas que presentaban a un pueblo capaz de derrotar en cualquier circunstancia a sus enemigos, por muy potentes que fueran, porque ellos contaban con la protección de Jehová, a quien encumbran como el valedor y conductor de sus ejércitos y de sus héroes nacionales, atribuyendo a Jehová cualquier acción que pudiera revertir en el logro de sus objetivos, sin tener en cuenta ningún otro tipo de valores.

Como lectores de la Biblia es preciso distinguir entre el mensaje universal del amor y provisión divina, que es invariable ayer, hoy y por los siglos, y la interpretación de los hechos que hacen los que los narran; entre amor y violencia; entre la universalidad de Dios y el reduccionismo egoísta...

 

No resulta sencillo ver “palabra de Dios” en epopeyas como la que nos ocupa tan lejanas de la enseñanza del Sermón del Monte, por mucho que pretendamos establecer silogismos, analogías o metáforas que traten de darle un sentido racional asimilable, ni siquiera si nos apoyamos en el hecho de que aparezca una referencia a Sansón en la epístola a los Hebreos 11:32, donde el autor incluye a Sansón entre los ancestros recordados por su fe. Como lectores de la Biblia es preciso distinguir entre el mensaje universal del amor y provisión divina, que es invariable ayer, hoy y por los siglos, y la interpretación de los hechos que hacen los que los narran; entre amor y violencia; entre la universalidad de Dios y el reduccionismo egoísta o, al menos, erróneo de algunos de sus intérpretes. Entre otras muchas enseñanzas que extraemos de la Biblia está que Dios se revela a los hombres plenamente en Jesucristo y cualquier otra imagen que de Dios se de, incluso en las propias Escrituras, es incompleta o meramente una percepción humana, y hay que someterla e interpretarlas a través de la revelación suprema, es decir, a través del mensaje de Jesucristo.

Autor: Máximo García Ruiz*, Enero 2016.


© 2016- Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

20120929-1*MÁXIMO GARCÍA RUIZ, nacido en Madrid, es licenciado en Teología por la Universidad Bíblica Latinoamericana, licenciado en Sociología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctor en Teología por esa misma universidad. Profesor de Sociología y Religiones Comparadas en la Facultad de Teología  de la  Unión Evangélica Bautista de España (UEBE), en Alcobendas, Madrid y profesor invitado en otras instituciones. Pertenece a la Asociación de Teólogos Juan XXIII. Ha publicado numerosos artículos y estudios de investigación en diferentes revistas, diccionarios y anales universitarios y es autor de 24 libros, algunos de ellos en colaboración.

 

 

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