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SIN ÁNIMO DE OFENDER

Restaurar al transgresor

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“Con misericordia y verdad se corrige el pecado;
con el temor de Jehová los hombres se apartan del mal” (Proverbios 16:6)

(JORGE FERNÁNDEZ, 08/11/2012) Escuché una vez decir que, “la Iglesia es el único ejército que remata a sus heridos”. Creo que es una descripción injusta como generalización, pero que sirve para ilustrar en parte una dolorosa realidad: nos cuesta mucho restaurar a “los caídos” -aquellos que, sea por debilidad o desobediencia, han sido golpeados y descalificados espiritual y moralmente por haber transgredido la Ley de Dios-.

¿Cómo actuar con aquel marido que “se fue con otra”; con aquel hijo que adoptó un estilo de vida mundano e inmoral; con aquel líder cristiano que robó, o causó una división en la iglesia?

No creo que haya recetas simples para estas situaciones tan complejas y dolorosas. Sin embargo, el texto que encabeza estas líneas encierra en pocas palabras un puñado de principios que, bien entendidos y desarrollados, pueden sernos más útiles que un grueso y complejo manual de autoayuda, o de consejería pastoral.

Para un mejor análisis, nos permitimos parafrasearlo de la siguiente manera: “El pecado se corrige con misericordia y verdad.

“EL PECADO”

Alguien dijo con razón que “Dios no perdona excusas, sino pecados”.

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Como sucedió con Adán (Genesis 3:9-16), quien desnudo ante Dios intentó eludir su responsabilidad culpando primero a “la mujer”... y luego al mismo Creador -“que me diste...”-, así sucede con muchas personas cuando son confrontadas con su pecado. Culpan de su condición a la sociedad, a la esposa, a los padres, al diablo, a la Iglesia e, incluso a Dios, “que me hizo así”.

A menudo, la persona con esa actitud no abre sus ojos a su propia realidad hasta chocar con las consecuencias de su pecado. Adán, tuvo que ser expulsado del huerto; entonces supo lo que era sufrir para ganarse el pan "con el sudor de su frente" y conoció el dolor de la violencia en carne propia, cuando uno de sus hijos mató al otro... Del mismo modo, el hijo pródigo de los evangelios, no se dio cuenta de lo que había hecho hasta que se vio comiendo la comida de los cerdos... (S. Lucas 15).

Sin embargo, no podemos –ni queremos- esperar a que eso suceda, si es posible evitarlo. Nuestro deber como cristianos es intentar “hacer volver al pecador del error de su camino” (Stgo. 5:20). ¡Y debemos intentarlo hasta las lágrimas!

Eso sí, no conviene enredarse en discusiones estériles con una persona que tenga el mismo espíritu que Adán. Observemos que Dios no aceptó discutir con él sobre "el tamaño o el color del árbol prohibido", ni tampoco filosofar  sobre “el libre albedrío” o la razón por la que ese árbol (¡tan peligroso!) estaba en el medio del huerto.

Además de culpar a otros, con frecuencia las personas que han incurrido en una transgresión contra la ley divina intentan demostrar que sus actos no son tan graves; que la sociedad ha “evolucionado” y que “todos lo hacen”; que la Biblia (o nuestra interpretación de ella), está desfasada, o que contiene errores...  O, incluso, ¡que el rey David hizo cosas peores!!

Excusas..., interminables excusas para acallar una conciencia en la que, la reconozca o no, sigue resonando la voz de Dios: “has comido del árbol que yo te mandé no comer”.

“SE CORRIGE”

El pecado se puede denunciar, se puede señalar y se puede juzgar. Pero, la voluntad de Dios es clara en toda la Biblia: “no quiero la muerte del impío...” (Ezequiel 33:11); “tengo (para los pecadores) pensamientos de paz y no de mal...” (Jeremías. 29:11). El corazón paternal de Dios es un corazón lleno de amor, de misericordia y de compasión por sus criaturas, tal como nos revela la dramática escena del Calvario.

Aún cuando Dios castigue justamente a los rebeldes, siempre lo hace “como un padre que castiga a su hijo” (Hebreos 12:7), con la intención última de cuidarles y “corregir el rumbo emprendido, de pecado y autodestrucción.

Pero, “corregir” requiere, tanto de firmeza, como de sensibilidad y delicadeza. Por ello, si de verdad queremos ayudar a corregir el rumbo espiritual y moral de una persona, debemos recordar que “no se matan moscas a cañonazos”, y que nuestro mejor ejemplo lo tenemos en Aquel que “no quiebra la caña cascada, ni apaga el pábilo que humea...” (Isaís 42:3); cuya meta no es condenar, ni destruir (ni tan siquiera “salvar la reputación familiar o de la iglesia”), sino “corregir” al pecador y encontrar a la oveja perdida...

“CON MISERICORDIA Y VERDAD”

La misericordia y la verdad son la medicina espiritual diseñada en el trono de Dios para salvar al pecador. Medicina cuya fuente sigue brotando de un madero en la cumbre del Calvario.

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Y en un sentido próximo, es la medicina que Dios ofrece a la Iglesia –y a los cristianos- para cumplir su misión en el mundo.

Es una fórmula perfecta y equilibrada, compuesta por dos ingredientes que, como sucede con algunas fórmulas químicas, pueden ser contraproducentes si se los emplean por separado, pero producen sanidad cuando van juntas y en las dosis adecuadas.

Para el pecador, la misericordia “sin verdad” resultará una suerte de placebo inocuo, sin ninguna eficacia para guiarle al arrepentimiento, mientras que la verdad, dicha "sin misericordia", puede provocar una “reacción alérgica” letal, que hiere la dignidad de la persona y la condena.

Lejos de actitudes farisaicas, debemos confrontar al transgresor, animarle a confesar a Dios su pecado y arrepentirse de todo corazón; pero debemos hacerlo revestidos de amor y de misericordia.

En la práctica, esto puede significar que un padre deba mostrar a un hijo rebelde que “le ama incondicionalmente”, del mismo modo y con la misma intensidad con la que “desaprueba su conducta, también incondicionalmente”.

En todo caso, conviene no olvidar dos o tres cosas.

Por un lado, que si nosotros podemos ofrecer “misericordia y verdad” a alguien, es porque primeramente "fui recibido a misericorida" (1 Timoteo 1:13). Por otro lado, que es la persona “caída” la que, en última instancia, tiene la última palabra. Por último –y para nuestro consuelo y esperanza- que los cristianos no somos “el Médico”, ni mucho menos los “dueños de la Verdad”, sino tan solo unos humildes y limitados depositarios de la Misericordia y la Verdad de Dios.

Autor: Jorge Fernández

© 2012. Este artículo puede reproducirse siempre que se haga de forma gratuita y citando expresamente al autor y a ACTUALIDAD EVANGÉLICA como fuente.

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