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POR CARLOS ABAD

Jesús, el primer indignado

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Carlos Abad | FOTO: M. Gala

Por Carlos Abad* | Buenos Aires, 24/07/2012 | Cuando escribí este artículo, los indignados, ese fenómeno que se inició en Madrid y se ha extendi­do a muchas ciudades de Europa, ocu­paban la primera plana de diarios, revis­tas y telediarios en todo el mundo. La mayoría de estos jóvenes que tomaron plazas y calles no son sólo albañiles sudamericanos y obreros sin oficio alguno: hay muchos graduados valio­sos, con varias carreras y especializaciones que cuando se presentan para un trabajo les recomiendan que vayan con menos curriculum o con menos antece­dentes porque no van a poder conseguir un puesto de trabajo. ¡Como para no indignarse!

En los últimos años en Europa -y en España en particular- no figuraba como prioridad el tema del empleo, el primer trabajo, la construcción de opciones laborales. Se hablaba en forma recu­rrente de valores -de justa considera­ción-, pero los temas vinculados al pan y al trabajo aparecían omitidos, fuera de escena. Literalmente, una obscenidad: obsceno, fuera de escena.

Frente a este cuadro de situación, vino a mi mente una imagen conocida: aquella en la que Jesús echa a los mercaderes del templo.

Sucedió en Jerusalén, al ver que una multitud de devotos se acercaba a ofrendar en las grandes celebraciones religiosas en Israel y traían consigo dis­tintos bienes que eran permutados por monedas, como gratitud y honra a Jehová. Jesús percibió que este ritual honrado, virtuoso, de llevar al templo las mejores mercancías, se había desvirtua­do, profanado, adulterado. Sin embargo nunca se enojó con los comerciantes de los mercados de Samaría, de Galilea, de Judea, jamás. El valoraba a quien traba­jaba (su padre era carpintero), respetaba el fruto obtenido con el esfuerzo, el fruto de la labor diaria. Pero se indignó con los mercaderes abusivos que se aprove­chaban de la unción de los feligreses para obtener cuantiosas ganancias. ¿Cuál es el paralelismo con lo que suce­de en 2012 en Occidente? Podríamos decir que la actitud de Jesús cuando expulsa a los mercaderes del templo es la del Primer Indignado. En San Juan 2 (Jesús purifica el templo, Mt. 21.12-13; Mr. 11.15-18; Le. 19.45-46) leemos:

“Estaba cerca la pascua de los judíos; y subió Jesús a Jerusalén, y halló cu el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas allí sentados. Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambis­tas, y volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: Quitad de aquí esto, y no llagáis de la casa de mi Padre casa de mercado.

En forma semejante lo expresa San Lucas 19, (Purificación del templo, MI. 21.12-17; Mr.  11.15-19; Jn. 2.13-22):

"Y entrando en el templo, comenzó a echar fuera a todos los que vendían y compraban en él, diciéndoles: Escrito está: Mi casa es casa de oración; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones”.

"Jesús se indignó con los mercaderes abusivos que se aprove­chaban de la unción de los feligreses para obtener cuantiosas ganancias"

Las democracias actuales son democra­cias de mercado. Sociedad de mercados donde lo que prima es el precio. Cómo no indignarse y sumar la voz a la de Jesús indignado: "No hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado, cueva de ladro­nes".

Hoy, esta idea está más vigente que nunca, como decían los mayores en la época de Jesús en un tradicional refrán del Medio Oriente: "El ojo nunca se sacia". Maximizar las ganancias es el credo de las principales universidades económicas del mundo. Hay que ganar más y más sin respetar la ecología, sin respetar las leyes de la naturaleza, sin respetar la salud de las personas.

Cuando Estados Unidos vive la catástrofe económica del 2008, aquella en la cual se evaporaron 800.000 millones de dólares y el Estado tuvo que salir a rescatar a las instituciones financieras, "un error de Wall Street" termina repercutiendo en las familias comunes y trabajadoras de cual­quier punto del planeta. No sólo son rescatados, sino que lo primero que hacen sus ejecutivos, además de cobrar los bonus y premios, es echar a los que menos ganan.

Las cifras cantan despro­porciones indignantes: en la mayoría de las empresas entre el número uno de la compañía y el que menos gana es mil veces a uno, tres mil pesos sobre tres millones. Los más débiles son expulsados. ¡Cuan parecido a la escena bíblica de Jesús de Nazaret, donde las sociedades abandonan lo sagrado, la ley, la verdad y el valor cívico por el dios supremo de la transacción! A cualquier precio: hay que tener mucho, pronto, rápido, cueste lo que cueste. "El dios dinero es hoy el único dios absoluto". Esto rezan los principales pizarrones y reproducen las magistrales clases de las más prestigiosas facultades del mundo.

A Lula se le atribuye una conversación con el presidente Obama y un grupo de colaboradores en la que el brasileño dijo respecto de la crisis de fines de 2008: "Esto lo armaron rubios de ojos celestes". Se refería, con marca­da ironía, a que los hombres y mujeres más capacitados, salidos de las mejores universidades del mundo, articularon esta catástrofe.

Hablan de crisis pero a mí me gusta hablar de asesinato económico. Dictadores africanos y latinoamericanos, líderes crueles serbios, malvados de cala­ñas varias están convocados a los tribu­nales de La Haya, pero los asesinos eco­nómicos no están en el banquillo, esos señores elegantes y cultos, autores de esta masacre, no son condenados. Y nuestros jóvenes los sufren con indignidad. Si el dios dinero es hoy el único dios abso­luto. ¿Dónde está el dinero? ¿Por qué tanta indignidad? ¿Por qué permitir el secuestro de las ilusiones, la tortura de la esperanza, la desaparición de los sueños?

Debemos decir: "No más profanación". Es hora de devolvernos la libertad, de sabernos gobernados por humanos, y no por mercaderes siglo XXI. El planeta, los jóvenes, la naturaleza, claman con dolores de parto una nueva redención, al decir de San Pablo.

Indignados, incomprendidos, expulsados, agraviados, como Jesús de Nazaret, lle­van su cruz en esta sociedad ciega al futuro. Tal vez estemos a tiempo de apar­tar la mala hierba y dejar que el trigo de la buena semilla germine. Que un mundo de valores se imponga a uno de precios. Un mundo que cambie jóvenes indigna­dos por incluidos, comprometidos. Un mundo donde cada ser humano tenga una nueva oportunidad.

Autor: Carlos Abad (Publicado en la revista argentina Competencia)

* Carlos Abad es Comunicador Social espe­cializado en temas de Salud y Bien Público.



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