EDITORIAL
Apagar las llamas… también con el corazón
"Apagar los incendios visibles es tarea de brigadas, aviones y vecinos valientes. Apagar los otros —los del odio, la división y la indiferencia— es tarea de todos."

Efectivos de la UME en el incendio de Jarilla (Cáceres) DELEGACIÓN DEL GOBIERNO EN EXTREMADURA
(Editorial, 21/08/2025) España arde. Las imágenes de pueblos reducidos a cenizas, de campos arrasados y familias que lo pierden todo en cuestión de horas, nos golpean con fuerza. Los incendios no solo consumen paisajes: devoran trabajos de toda una vida, recuerdos familiares, raíces que parecían firmes.
En medio de esta tragedia, hay héroes silenciosos: bomberos exhaustos, militares de la UME, voluntarios que llegan desde todos los rincones del país y también desde fuera, y vecinos que, con cubos, palas y mangueras de jardinería, se plantan ante el fuego para salvar lo poco que queda. Esa solidaridad, tan sencilla y tan grande, es la que más esperanza trae en estos días.
Y sin embargo, mientras unos luchan con el fuego de las llamas, otros se entretienen en avivar el fuego de la discordia. Se lanzan acusaciones, se difunden bulos, se buscan culpables antes incluso de que se hayan apagado los últimos rescoldos. “Mientras unos apagan, otros echan leña al fuego”. Lo dice la sabiduría popular, pero ya lo advirtió la Escritura hace siglos: “Sin leña se apaga el fuego, y donde no hay chismoso, cesa la contienda” (Proverbios 26:20).
El apóstol Santiago lo expresó de otra manera: “La lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego!” (Stgo. 3:5). Hoy esas palabras resuenan con especial fuerza. Porque una chispa basta para que un bosque entero arda, y una palabra mal usada basta para herir y dividir cuando lo que más necesitamos es unidad.
Como creyentes, nuestro llamado en este momento no es a aumentar el ruido, sino a acompañar el dolor. Ya habrá tiempo para analizar lo sucedido, pedir justicia y exigir responsabilidades. Pero hoy toca estar al lado de quienes lloran, de quienes miran incrédulos las cenizas de lo que hasta ayer era su hogar, su campo, su vida. Hoy toca sostener con oración a los que se juegan la vida en primera fila contra las llamas. Hoy toca ofrecer ayuda práctica, hombros donde apoyarse y manos dispuestas a servir.
Los incendios nos recuerdan cuán frágil es todo lo que damos por seguro. Pero también nos recuerdan que hay algo que no se quema: la solidaridad, la fe, la esperanza de que, incluso entre cenizas, Dios puede traer consuelo y vida nueva.
Apagar los incendios visibles es tarea de brigadas, aviones y vecinos valientes. Apagar los otros —los del odio, la división y la indiferencia— es tarea de todos. Que seamos, en medio de esta catástrofe, portadores de paz, de consuelo y de unidad. Porque en estos días oscuros, cada gesto de amor también es un cortafuegos.
Editorial - Actualidad Evangélica, jueves 21 de agosto de 2025.-












