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APRENDER A DESAPRENDER / por JUAN MANUEL QUERO
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"El verdadero ayuno, nos dice el profeta Isaías, no es exactamente dejar de ingerir unos alimentos durante un tiempo..."

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Imagen: Pixabay

(JUAN MANUEL QUERO, 06/05/2024) | Todos, cuando hemos oído hablar de oración, también hemos oído hablar de ayuno; pero el concepto de ayuno también se ha ido distorsionando con el paso de los años. En las culturas de influencia católica u ortodoxa, en sus diferentes variantes, el ayuno forma parte de toda una tradición, además de las prácticas religiosas.

Esto no solamente se da en el ámbito de algunas confesiones e iglesias cristianas, sino que también suele ser común en las diferentes religiones. Podemos poner distintos ejemplos, como sería el ayuno de ramadán entre los musulmanes; o la Cuaresma entre otros ayunos y dietas en el catolicismo. ¿Los evangélicos practicamos el ayuno igualmente? No practicamos el ayuno que muchas religiones practican, cuando este no tiene una base bíblica y pone el énfasis en una penitencia ritualística.

Para saber lo que creen los evangélicos sobre este tema tenemos que abrir la Biblia.

En el Antiguo Testamento se dan unas normas para ayunar en un tiempo preparatorio para la venida del Mesías. Estas prescripciones formarían parte de otras muchas reglas que implicaban toda una pedagogía de esperanza para mirar al que vendría para salvar y ofrecer una nueva vida, Cristo. En aquel tiempo se podría entender el ayuno como una práctica concreta y con sentido propio y aislado de otras prácticas; pero no sería así cuando vino Jesucristo. Quizás por este motivo en ninguna de las cartas del Nuevo Testamento se habla del ayuno como algo aislado. Sí es verdad, que Jesús ayunó antes de iniciar su ministerio público; pero estamos «en el umbral de la salvación».[1] A partir de ahí, la comunidad asocia el ayuno a la oración, manteniéndose, pero no como una práctica basada en las obras religiosas para adquirir algo, como si se tratara de una moneda de cambio. En este sentido, Jesús diría también a sus discípulos que hay situaciones que no se pueden librar si no es con ayuno y oración (Mateo 17:21).

El verdadero ayuno, nos dice el profeta Isaías, no es exactamente dejar de ingerir unos alimentos durante un tiempo:

¿Por qué, dicen, ayunamos, y no hiciste caso; humillamos nuestras almas, y no te diste por entendido? He aquí que en el día de vuestro ayuno buscáis vuestro propio gusto, y oprimís a todos vuestros trabajadores.  He aquí que para contiendas y debates ayunáis y para herir con el puño inicuamente; no ayunéis como hoy, para que vuestra voz sea oída en lo alto.  ¿Es tal el ayuno que yo escogí, que de día aflija el hombre su alma, que incline su cabeza como junco, y haga cama de cilicio y de ceniza? ¿Llamaréis esto ayuno, y día agradable a Jehová? ¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo? ¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano? Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salvación se dejará ver pronto; e irá tu justicia delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia  (Isaías 58:3-8).

El propósito del ayuno, es un medio divino para corregir el orgullo del corazón del hombre. Es una disciplina del cuerpo que tiende a humillar el alma (Isaías 58:3). En este propósito está la consagración a Dios. Esto se puede ver en el ayuno de Jesús antes de comenzar su ministerio público, pero también se observa cuando la Iglesia en Antioquía encomienda a  Bernabé y Pablo para su primer viaje misionero (Hechos 13:3).

Los mismos psicólogos apuntan a que en términos generales el ayuno nos desinhibe de las atracciones materiales y del mismo cuerpo. Aunque esto último es una información que se da también como una realidad, fuera incluso de los propósitos más religiosos. El ayuno puede ser el énfasis que pongo en la oración buscando a Dios de todo corazón: «Y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón». (Jeremías 29:13). «Por eso pues, ahora, dice Jehová, convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento.»  Joel 2:12).

El prolífero escritor evangélico Andrew Murray (1828-1917), explica sobre esto que el ayuno tiene el sentido de sacrificarse con el propósito de colaborar en el avance del reino de Dios[2]. En los libros veterotestamentarios se nos hace ver cómo en las situaciones de fuertes crisis y de emergencia los israelitas ayunaban con frecuencia y la situación cambiaba, pues en ello se ve la búsqueda de Dios en medio de las situaciones que se viven:

21 Y publiqué ayuno allí junto al río Ahava, para afligirnos delante de nuestro Dios, para solicitar de él camino derecho para nosotros, y para nuestros niños, y para todos nuestros bienes. […] 23 Ayunamos, pues, y pedimos a nuestro Dios sobre esto, y él nos fue propicio. […] 31 Y partimos del río Ahava el doce del mes primero, para ir a Jerusalén; y la mano de nuestro Dios estaba sobre nosotros, y nos libró de mano del enemigo y del acechador en el camino. (Esdras 8:21, 23, 31).

Cuando se ayuna hay un sentido de adoración y declaración de la soberanía de Dios, pues no ayunamos para buscar nuestros propios intereses sino para Dios: «[…] Cuando ayunasteis y llorasteis en el quinto y en el séptimo mes estos setenta años, ¿habéis ayunado para mí?» (Zacarías 7:5). Es el sentido de estar sirviendo a Dios y ayunando, que nos presenta Hechos 13:2. Nuestra forma de pensar está muy mediatizada por los enfoques egocéntricos, pensando siempre lo que puedo conseguir, por lo que hay que tener cuidado con estos propósitos.

Respecto a lo anterior, son apropiadas las palabras de Juan Wesley, famoso predicador y fundador del metodismo, que llevó la predicación a las calles produciendo un avivamiento y un hito importante en la historia del cristianismo. Él diría lo siguiente en unos de sus sermones:  

En primer lugar [el ayuno] que sea hecho para el Señor, con sencillez. Que nuestra intención sea ésta y solamente ésta: glorificar a nuestro Padre que está en el cielo, expresando nuestro pesar y vergüenza por las múltiples transgresiones a su santa Ley, esperar un aumento de su gracia purificadora y guiar nuestros afectos a las cosas de arriba […][3]

De este mensaje de Wesley se desprende ese principio del propósito por el que hemos de realizar todas las cosas, que ha de ser para Dios. Esto implica también el ayuno. En definitiva, el trasfondo de hacer tesoros en el cielo tiene que ver con todo esto. Y no es precisamente hacernos nosotros esos tesoros como recompensa personal. Esto implicará también «tesoro» para nosotros, en tanto en cuanto estaremos también en el cielo. «Porque de él, y por él, y para él son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.»  (Romanos 11: 36).

Podemos pensar también en el ayuno que se programa o que es ocasional, que no debería convertirse en algo ritualista sino que, como la oración, debe ser algo que contribuya a una buena relación con Dios, reconociendo y teniendo muy en cuenta quien es Dios. El ayuno puede ser ocasional o programado, pero esto también debe ser algo que forme parte de esa relación personal entre Dios y cada creyente.

Las declaraciones que Jesús hace del ayuno son importantes y también nos ayudan a tener una práctica centrada y comprensible. Ante las intervenciones de las preguntas capciosas que se hacían a Jesús, encontramos algunas que tienen que ver con el ayuno, ya que se le recriminaba que fuese permisivo con sus discípulos que no estaban ayunando. Es relevante lo que Jesús responde: «¿Acaso pueden los que están de bodas tener luto entre tanto que el esposo está con ellos? Pero vendrán días cuando el esposo les será quitado, y entonces ayunarán.» (Mateo 9:15). 

Parece, que Jesús deja evidencia del ayuno como una práctica, no solamente del pasado, sino como una dinámica natural y de los que se identificaban con Él, tal como se ve en el evangelio de Mateo 6:2, 5, 16. Aquí se da por sentado el ayuno y se aclara que la actitud debe ser, no como la de los fariseos que hacían alarde de ello sino como algo genuino y voluntario, que forma parte de nuestro servicio a Dios (Hecho 13:2). Los discípulos coetáneos de Jesús y con el que estaban participando en su ministerio no tenían por qué ayunar, ya que Cristo estaba con ellos. Cuando marchara, explica, entonces sí sería adecuado. No tiene sentido buscar la presencia de Cristo, que ya estaba con ellos; pero sí se hace necesario cuando en momentos especiales se está buscando su presencia y control, ante algo determinado.

Además, como nos dice Arthur Wallis, el ayuno tiene un sentido escatológico, ya que el ayuno más que un acto de aflicción por la ausencia de Cristo en la tierra es una preparación para recibir «al esposo» (Mateo 25:6) en su segunda venida. «Y el Espíritu y la Esposa dicen: ven. […] Ciertamente vengo en breve.  Amén; sí, ven, Señor Jesús» (Apocalipsis 22:17, 20).

Juan Manuel Quero*** Notas:

[1] Cf. Lothar Coenen, y otros. Diccionario teológico del Nuevo Testamento. Volumen I. Salamanca: Ediciones Sígueme,  1985, pp. 152-154.

[2] Andrew Murray. Con Cristo en la Escuela de Oración. Buenos Aires, 1922.

[3] Arthur Wallis. El ayuno escogido por Dios: Una guía práctica y espiritual para el ayuno. Mineápolis: Editorial Betania, 1974, p. 47.

Autor: Juan Manuel Quero Moreno


© 2024. Este artículo puede reproducirse siempre que se haga de forma gratuita y citando expresamente al autor y a ACTUALIDAD EVANGÉLICA. Las opiniones de los autores son estrictamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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