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EN MEMORIA DE DAVID PRITCHARD / POR ANA CALVO

Un globo, dos globos, tres globos...

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El fallecimiento del misionero británico David Pritchard el pasado 29 de agosto tras una larga batalla contra el cáncer, ha removido los sentimientos y recuerdos de muchos de aquellos niños y niñas -hoy hombres y mujeres- que fueron guiados al Señor y al amor por la Biblia en los campamentos y actividades infantiles que organizaba. Una de aquellas niñas es Ana Calvo, la autora de este obituario.

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(Ana Calvo, 31/08/2022) Hay lugares de la infancia que siempre aparecen en tus sueños, no importa si ya estás en tus 30s o en los 40s, siempre seguirán apareciendo en tu mente, y a menudo, parecen más grandes en tus recuerdos. Pero luego vas a verlos y te das cuenta de que tu mente los había distorsionado porque has pensado tanto en ellos.

Pues uno de esos lugares para mí y probablemente para cientos o miles de niños, jóvenes y evangélicos, es Pinos Reales, el lugar donde cantábamos: “Un globo, dos globos, tres globos”; el lugar donde comprábamos helados de Frigo y Camy todas las tardes, donde jugábamos en las veladas a llevar una cuchara en la boca y en ella un huevo y tener que pasarlo como relevo a tu compañero para ganar la competición; el lugar donde aprendimos a orar en la naturaleza con tu grupo y monitor, a buscar arañas en el baño y duchas, a bajar al pantano de San Juan con 35 grados y pensar que nunca llegaríamos; a leer la Biblia y a memorizar versículos; a ir a corriendo a la cena al sonido de la potente campana del comedor y cenar en las mesas redondas con casi cien niños más….

Y ayer el director de esos campamentos, David Pritchard, ya partió con el Señor, dejando atrás toda una serie de años y actividades que construyeron nuestras vidas y nos moldearon en las personas que somos hoy, sin saber nosotros que iba a ser así.

Cuando pienso en David, hay muchas cosas que recuerdo: su gran altura (pienso que probablemente era la persona más alta de todo el campamento o por lo menos así me lo parecía a mí); el pito que siempre llevaba colgado al cuello; su acento inglés; sus gafas situadas al final de la punta de su nariz; sus cejas arqueadas distintivas; y su gran risa y carcajada, que eran totalmente inigualables.

Pero hay otras tres cosas que siempre me llamaron la atención de David, de las cuales siempre me acordaré.

Primero, su amor por las misiones. David claramente tenía un corazón por aquellas personas de otros países que no conocían al Señor. Recuerdo cómo en un campamento escribimos una carta a misioneros que estaban enseñando la Biblia a otras personas, para así animarles. Obviamente, este amor fue lo que le llevó dejar su Reino Unido y venir a España a trabajar con nuestras pequeñas iglesias, a enseñar a profesores de Enseñanza Religiosa Evangélica (ERE) que impartirían clase a niños de etnia gitana las dinámicas de Godly Play, o a llevar este método también a muchísimas escuelas católicas. Cualquier persona era su prójimo a quién llevar el mensaje de Jesús.

Segundo, su amor por la naturaleza. Pienso que una de las lecciones más importantes que podemos aprender como creyentes es que en la naturaleza podemos buscar al Señor de una manera especial. No sé muy bien dónde aprendí esta lección, pero estoy bastante segura que fue en Pinos Reales donde, como niños de ciudad que éramos, aprendimos que siempre podemos coger nuestra Biblia y dar un paseo por los pinos, sentarte en una roca y escribir en tu diario una oración al Creador de toda la Tierra, y él te encontrará allí a ti también.

Tercero, su amor por la Escritura. Que David estuviera involucrado en los ministerios más específicos y centrados en la enseñanza de la Biblia y su buena impartición, pienso que no es casualidad. Sus años en Unión Bíblica y Godly Play son para mi testigos de su amor por la Biblia y por que otros pudieran entenderla, no sólo como historias individuales de personajes bíblicos, sino como una historia completa y con coherencia, de Genesis a Apocalipsis, en la cual se nos presenta la mejor historia contada al hombre: el mensaje de salvación para el mundo entero y cada uno de nosotros desde el principio de la creación.

De Pinos Reales y de David, me quedo con mi canción favorita que aprendí allí y que a medida que me he hecho mayor me he cantado a mí misma a menudo. Una canción muy simple pero muy profunda que dice que cada persona debe preguntarse: quién es Jesús y cuál es su llamado en nuestras vidas.

"Jesús, ¿quién eres tú? tan pobre al nacer, que mueres en cruz. Tú das paz al ladrón, inquietas al fiel, prodigas perdón. Tú, siendo creador, me quieres a mí que soy pecador. Tú, dueño y señor, me pides a mí, salvar la creación.

Jesús, ya se de ti, algo de tu ser, ¿qué quieres de mí? Mas yo, quiero saber qué rumbo seguir, qué debo hacer. Di qué he de esperar, qué senda elegir, ¿por qué he de luchar? Tú, ayúdame, pues no quiero más dudar ni temer.

Cristo es sal de la vida, luz en tinieblas, es todo amor. Cristo es sal de la vida, luz en tinieblas, este es Jesús".

Gracias David, por mostrarnos el buen camino desde pequeños.

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Autora: Ana Calvo**

** La autora de este artículo es licenciada en Filología Inglesa y Máster en estudios Cristianos en Trinity Evangelical Divinity School, Chicago. Ha sido docente y coordinadora de Enseñanza Religiosa Evangélica de FEREDE (ERE) por 7 años. 

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