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SIN ÁNIMO DE OFENDER / POR JORGE FERNÁNDEZ
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“…cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia” (Col. 1:24)

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(JORGE FERNÁNDEZ, 13/04/2022) Un año más los cristianos de distintas confesiones celebramos la Semana Santa. Católicos (1.345 millones) y protestantes (800 millones) lo hacemos este fin de semana; los cristianos ortodoxos (300 millones), siguiendo el antiguo calendario juliano, una semana más tarde.

En total, unos 2.500 millones de cristianos -un tercio de la población mundial- estaremos recordando en estas fechas los acontecimientos de la obra redentora de Dios mediante los padecimientos, la muerte y la resurrección de Cristo.

Cada vez que un creyente es perseguido por su fe, un pobre es despojado de su pan, un hombre es torturado, una mujer asesinada, una población bombardeada, una niña violada -es decir, todo lo que estamos viendo en estos días suceder en Ucrania en proporciones catastróficas-, Cristo está siendo de alguna manera perseguido, despojado, torturado, asesinado… clavos son clavados nuevamente en sus manos y lanzas en su costado con cada crimen…

Con liturgias más sencillas o más sofisticadas; siguiendo tradiciones milenarias o con celebraciones más contemporáneas, todos y todas recordaremos y reflexionaremos sobre la importancia de lo acontecido en aquella semana de Pascua en Jerusalén, que comenzó con la entrada triunfal de Jesús proclamado como Rey y Salvador por las multitudes; giró sobre el fin de semana hacia un desenlace trágico, con el arresto, tortura y crucifixión de Jesús de Nazareth en la más absoluta soledad; para culminar con el acontecimiento de mayor impacto en la historia de la humanidad: la resurrección de Jesucristo y su ascensión a los cielos.

La crucifixión y la resurrección de Jesucristo marcan un punto culminante del plan redentor de Dios revelado en las Escrituras. Su exclamación, “Consumado es”, justo antes de expirar, es el testimonio de la victoria de Cristo sobre el pecado, sobre la muerte y sobre Satanás.

En la cruz, Jesucristo anuló “el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (Colosenses 2:14-15).

Cristo culminó su misión redentora, pero… ¿sus sufrimientos? ¿Cesaron con su muerte? ¿Desaparecieron tras su resurrección?

“Cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo”, dice Pablo.

En otras palabras, hoy las aflicciones de Cristo continúan de forma vicaria, a través de su cuerpo: la Iglesia.

Ésta, bien puede considerarse una respuesta a la pregunta de “¿Por qué sufren los cristianos?” -especialmente los 360 millones que son perseguidos por su fe en el mundo-; pero también a una pregunta aún más amplia: “¿Por qué sigue habiendo tanto sufrimiento y tanta maldad en el mundo?”.

El evangelio -conviene recordarlo- es también "una muy mala noticia" para los soberbios, los que crucificaron a Cristo y sus sucesores, los que siguen hoy en día clavando clavos en sus manos y lanzas en su costado… Los que siguen infligiendo dolor y aflicción a Cristo a través de sus hermanos pequeños...

El misterio aquí enunciado es que Cristo sigue sufriendo aflicciones en el tiempo presente, por los pobres e indefensos de la tierra, los hombres y mujeres, niños y niñas, que padecen persecución, opresión, injusticias, torturas, despojos, muerte…

Cada vez que un creyente es perseguido por su fe, un pobre es despojado de su pan, un hombre es torturado, una mujer asesinada, una población bombardeada, una niña violada -es decir, todo lo que estamos viendo en estos días suceder en Ucrania en proporciones catastróficas-, Cristo está siendo de alguna manera perseguido, despojado, torturado, asesinado… clavos son clavados nuevamente en sus manos y lanzas en su costado con cada crimen…

Así lo sufre el Señor, como una afrenta personal (o peor, si cabe).

EL JUICIO VENIDERO

Pensemos por un momento en el futuro Juicio de las Naciones, que Jesús mismo anunció a sus seguidores en Mateo 25:31-46.

Si la omisión de misericordia –“en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños”- será juzgada por Cristo como una afrenta personal -"tampoco a mí lo hicisteis”y condenada con la mayor severidad – “E irán éstos al castigo eterno”-, ¿cuánto más ofensivo será y qué juicio divino merecerá la comisión consciente de crímenes tan perversos?

Sin duda la comisión de un mal es exponencialmente más grave que la omisión de un bien.

No podemos ni imaginar, por tanto, la ira santa de Dios que habrá de manifestarse en el día del Juicio sobre los asesinos de Bucha (que también son los de Armenia, los de Auschwitz, los de Ruanda, los de Siria… la lista es interminable).

yo2Porque de una cosa no cabe duda: el evangelio es "buena noticia" para los humildes, los que reconocen su necesidad espiritual, los que tienen hambre y sed de justicia…, pero el evangelio -conviene recordarlo- es también "una muy mala noticia" para los soberbios, los que crucificaron a Cristo y sus sucesores, los que siguen hoy en día clavando clavos en sus manos y lanzas en su costado… Los que siguen infligiendo dolor y aflicción a Cristo a través de sus hermanos pequeños...

Porque habrá juicio. Que nadie lo dude.

© Jorge Fernández Basso – Madrid, 13 de abril de 2022

© 2022. Este artículo puede reproducirse siempre que se haga de forma gratuita y citando expresamente al autor y a ACTUALIDAD EVANGÉLICA. Las opiniones de los autores son estrictamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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