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OPINIÓN / MÁXIMO GARCÍA RUIZ

El buen samaritano

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El buen samaritano / Vincent Van Gogh - Otterlo, Kröller-Müller Museum / +Ampliar

Evangelio de Lucas,10:25-37.

(Máximo García Ruiz, 23/11/2018) El lema de la Cruz Roja es: “Acudir en auxilio del dolor sin preguntar al que sufre qué ideales profesa, ni en qué país ha nacido, pero con el cariño de un hermano”. Y junto a estas palabras, la gran inquietud de siempre: “Maestro ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?”, pregunta dirigida a Jesús por un “intérprete de la ley” (Lc.10:29).

Vivimos de forma acelerada; con una gran despreocupación hacia los temas religiosos. Por una parte, la ciencia y la técnica parecen ser suficientes para dar respuestas lógicas y aplastantes a las preguntas tradicionales. Y, por otra, tan extendido está el dolor, que llegamos a estar insensibilizados; tanto, que el prójimo corre el peligro de convertirse, a pesar de ser tan numeroso, en un ser invisible. En cualquier caso, ésta sigue siendo una de las preguntas que continúan preocupando al hombre: “¿Qué cosa haré para heredar la vida eterna?”. Tal vez planteada de forma diferente, pero en el fondo, trasmitiendo siempre esa inquietud por trascender los límites de la vida presente.

El samaritano, a pesar de pertenecer a una comunidad marginada por los judíos, tenía buen crédito: el posadero confía en él. Podía estar teológicamente errado, pero era un hombre honesto. Y, además, estaba preparado para socorrer. Podía ser un hereje, pero la caridad de Dios estaba en su corazón

Lucas 10:29-37 comienza así: “Un hombre descendía de Jerusalén...”. Unos mil metros de desnivel por un camino peligroso: estrecho, desigual, lleno de recovecos, muy propio para el asalto. Comenta el padre la Iglesia Jerónimo que ese lugar era conocido como “subida de los rojos” por la sangre de los frecuentes homicidios que se cometían en ese camino. Incluso en época tan reciente como el año 1930, un tal Morton dice que le aconsejaron llevar guardaespaldas si quería recorrer ese camino. Abu Jidah, un temido bandolero, experto en robos y atracos a turistas y viajeros, se había convertido en el dueño del lugar.

Así, pues, esa historia de Jesús, aun siendo una parábola (la parábola del buen samaritano), está inspirada en sucesos muy frecuentes en el camino que une Jerusalén con Jericó. La parábola nos presenta a varios protagonistas:

1) El caminante. Nada se dice de él. Debió ser: o bien un descuidado irresponsable o, por el contrario, algún asunto urgente le hizo emprender el camino solo, de forma un tanto precipitada, sin tomar las precauciones debidas. Cuando alguien tenía que hacer este recorrido con bienes, joyas, o alguna otra cosa de valor, lo hacía en caravanas, para protegerse mutuamente. Es un misterio cuáles eran sus motivaciones para el viaje.

2) En segundo lugar están el sacerdote y el levita. Ambos representan el símbolo de la religiosidad oficial de Israel. Seguramente regresaban de cumplir con sus obligaciones en el templo. Al ver al herido (“medio muerto”), recordarían el texto de Núm. 19:11: “El que tocare cadáver de cualquier persona, será inmundo siete días”. Pensarían que estaba muerto: tocándole, perderían su turno en el templo. Tenían una responsabilidad religiosa que no debían descuidar. El ceremonial y la liturgia eran lo suficientemente importantes como para hacerles pensar bien lo que podían y lo que no debían hacer. Además, los bandidos tenían sus trucos. Uno de esos trucos era simular que uno de ellos estaba herido en el camino, para sorprender la buena voluntad de los posibles ayudadores. Tanto al sacerdote como al levita, seguramente acostumbrados a hacer aquél recorrido, no sería la primera vez que les ocurría algo parecido. Su conducta no es tan extraña, por lo tanto. ¿Qué hubiéramos hecho nosotros en su lugar?

3) Por otra parte está el samaritano. Recordemos: los judíos no tenían relación con los samaritanos a los que consideraban como herejes. Resaltan, en esta historia, dos cosas importantes: El samaritano, a pesar de pertenecer a una comunidad marginada por los judíos, tenía buen crédito: el posadero confía en él. Podía estar teológicamente errado, pero era un hombre honesto. Y, además, estaba preparado para socorrer. Podía ser un hereje, pero la caridad de Dios estaba en su corazón.

Jesús coloca a sus oyentes ante una tesitura importante, realmente provocadora. Por una parte, el cumplimiento ceremonial de la religión por encima de cualquier sentimiento humanitario. Por otra, el hereje, despreciado, indigno samaritano, olvida rencores de raza y de religión y resulta ser el único que ayuda a su prójimo

Jesús coloca a sus oyentes ante una tesitura importante, realmente provocadora. Por una parte, el cumplimiento ceremonial de la religión por encima de cualquier sentimiento humanitario. Por otra, el hereje, despreciado, indigno samaritano, olvida rencores de raza y de religión y resulta ser el único que ayuda a su prójimo. Y la desconcertante pregunta de Jesús que pone a prueba los valores de sus oyentes: ¿quién es el intérprete recto del mandamiento divino?

¿Justificaciones? Es indudable que tanto el sacerdote como el escriba, tenían justificación suficiente para su conducta. Pero no es ese el tema; no es esa la pregunta de Jesús. Aquí la pregunta clave es: "¿Quién fue el prójimo?”; es decir, ¿quién cumplió realmente con la ley divina? Para Dios, ni formulismo ni religión tienen valor suficiente, si no van encaminados a amarle a él, amando al prójimo. En eso consiste ver a Dios en el prójimo. En otras palabras, ¿es que va a resultar más fácil encontrarse con Dios en los caminos que en los templos?

Pero hay algo más: No es una experiencia nueva ver al cristiano riguroso más interesado en los dogmas que en socorrer a su prójimo. No es extraño ver a los hombres teológicamente impuros amando a sus semejantes de manera ejemplar. En definitiva, la parábola del buen samaritano viene a decirnos que no vamos a ser juzgados por nuestro credo, sino por la práctica de nuestra vida.

No es una experiencia nueva ver al cristiano riguroso más interesado en los dogmas que en socorrer a su prójimo. No es extraño ver a los hombres teológicamente impuros amando a sus semejantes de manera ejemplar. 

Una vez presentada su enseñanza, a Jesús sólo le resta decir a aquel hipócrita tramposo: “Ve, y haz tú lo mismo”. Se trata de un mensaje universal que no ha perdido vigencia. Jesús no es un personaje exótico hablando a un pueblo exótico. Habla también para nosotros, para nuestros días.

La parábola es simplemente eso, una parábola. Puede resultarnos absolutamente desconocido el camino tortuoso de Jerusalén a Jericó. Podemos desconocer todo lo que puede concernir a judíos y samaritanos. Hoy los problemas llevan otros nombres diferentes. Pero hay cosas que no cambian con el tiempo. Hoy sigue habiendo caminos tortuosos. Hay muchos hombres y mujeres que están necesitados de atención. Seguimos estando rodeados de religiosos legalistas y de aparentes herejes. Sigue habiendo hombres y mujeres, y sigue habiendo Dios.

¿Qué haremos? El evangelio nos invita a ser samaritanos; samaritanos del siglo. XXI. Tal vez caminando por autopistas, a bordo de veloces automóviles. Quizá perdidos en el hormiguero humano de las grandes urbes. Posiblemente ante situaciones para las cuáles el Evangelio no tiene ninguna palabra, porque son situaciones propias de nuestro siglo. Pero la escena es semejante: sigue habiendo hombres y mujeres y sigue habiendo Dios.

En definitiva ¿cuál es el camino? Un camino de renuncias. Un camino en el que no hay cabida para actitudes farisaicas. La clave la ofrece el propio Jesús: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos” (Jn. 8:31). Y su mensaje, su Palabra, puede resumirse en este mandamiento: “Que os améis”. Lo de siempre; entonces y hoy: el amor de los unos a los otros. “El que acepta en mi nombre a un niño como éste, a mí me acepta” (Mat. 18:5). Cerramos con las palabras del apóstol Pablo: “Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; ¡pero el mayor de ellos es el amor!” (1ª Cor. 12:13).

Autor: Máximo García Ruiz. Noviembre 2018 / Edición: Actualidad Evangélica

 

© 2018 - Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

20120929-1*MÁXIMO GARCÍA RUIZnacido en Madrid, es licenciado en Teología por la Universidad Bíblica Latinoamericana, licenciado en Sociología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctor en Teología por esa misma universidad. Profesor de Historia de las Religiones, Sociología e Historia de los Bautistas en la Facultad de Teología de la Unión Evangélica Bautista de España-UEBE (actualmente profesor emérito), en Alcobendas, Madrid y profesor invitado en otras instituciones. Pertenece a la Asociación de Teólogos Juan XXIII. Ha publicado numerosos artículos y estudios de investigación en diferentes revistas, diccionarios y anales universitarios y es autor de 21 libros y de otros 12 en colaboración, algunos de ellos en calidad de editor.

 

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