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OPINIÓN / MÁXIMO GARCÍA RUIZ

La preeminencia del amor

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1 Corintios 13:13

(Redacción, 31/10/2018) Domingo por la tarde. Si enchufas la radio, difícilmente podrás encontrar algo que no sea fútbol. Miles de personas llenan los estadios para ver a su equipo favorito; su ilusión se cifra en que gane su equipo.

Unos gritan, otros lloran de alegría o tristeza. Según sea la fecha, hay otros deportes: baloncesto, ciclismo… Los telediarios aparcan o colocan en segundo plano otras noticias. El domingo, que para el cristianismo llegó a ser “el Día del Señor”, se convierte así en el “día del deporte”.

El domingo, que para el cristianismo llegó a ser “el Día del Señor”, se convierte así en el “día del deporte”.

Surgen nuevos ídolos a los que las multitudes, aunque sea por poco tiempo, encumbran, idolatran. La fama les rodea y apenas si les deja vivir en libertad. Claro que en poco tiempo unos ídolos serán cambiados por otros que caerán en el olvido; se batirán nuevas marcas; surgirán nuevos devotos.

En medio de éstas o parecidas circunstancias, el anuncio del apóstol Pablo es que en el Reino de Dios permanece lo esencial, lo que el tiempo no puede olvidar, ni los atletas superar: “la fe, la esperanza y el amor”. Un mensaje que alcanza a todos. A los que tienen éxito en el deporte, a los que triunfan en los negocios, también a aquellos que no tienen la oportunidad de destacar demasiado, que se enfrentan con tesón al día a día, el Apóstol les dice: “Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor”.

I.- La fe

No diré nada nuevo si afirmo que vivimos tiempos de grandes y rápidos cambios. Todo cambia a una velocidad de vértigo. Los avances más modernos son sustituidos por otros más recientes aún (cfr. teléfonos móviles más modernos, ordenadores más sofisticados, etc.). Eso produce inestabilidad, desazón, inseguridad; porque necesitamos valores estables, permanentes.

La fe cristiana es mucho más que un remedio para salvar el alma. Es un modo y una forma de vivir bajo la providencia divina.

Uno de estos valores estables es la fe. “Sin fe –dice el autor de la epístola a los Hebreos- es imposible agradar a Dios, porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay y que es galardonador de los que le buscan” (Heb. 11:6). La fe es un valor insustituible para vivir una vida espiritual plena. “Tened fe en Dios” (Mar. 11:22), ha dicho el Maestro, “porque si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible” (Mat. 17:20).

El riesgo es que la fe se desentienda de la realidad circundante. Pablo asocia la fe a valores como la justicia. Dice a Timoteo: “Sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna…” (1ª Timoteo 6:11,12). Así, pues, la fe permanece. Fe como sinónimo de confianza y compromiso y no como un salvoconducto para eludir el juicio de Dios. La fe cristiana es mucho más que un remedio para salvar el alma. Es un modo y una forma de vivir bajo la providencia divina.

2.- Esperanza

La esperanza cristiana es la consecuencia de la fe. Es la actitud positiva de expectación ante la soberanía de Dios (...) Es un estado de tensión positiva ante la acción inmediata o lejana de Dios. Porque no hay esperanza cierta sin fe.

“Ahora permanece… la esperanza”. Que, debemos aclararlo enseguida, no es sinónimo de resignación ante lo inevitable. Ni una especie de fatalismo religioso que nos lleva a esperar lo que ha de suceder de brazos cruzados. La esperanza cristiana es la consecuencia de la fe. Es la actitud positiva de expectación ante la soberanía de Dios. Y está íntimamente ligada a la fe, porque “la fe” se dice en Hebreos 11:1, “es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”.

La esperanza, pues, tiene un contenido: el que le da la fe. Es un estado de tensión positiva ante la acción inmediata o lejana de Dios. Porque no hay esperanza cierta sin fe. ¿Y qué es lo que esperamos? Esperamos el cumplimiento de la voluntad de Dios revelada en su Palabra; es decir, el desarrollo de sus planes. Es la postura que adoptamos cuando decimos a Dios: “Hágase tu voluntad”.

Esperamos el cumplimiento de la justicia de Dios. Él no está comprometido con el mal, ni es cómplice o consentidor de la injusticia. Su juicio es imparcial y equitativo. Pone las cosas en su lugar. Luego, participando en la paciencia de Dios, podremos esperar humildemente el cumplimiento de las promesas divinas. Dios acepta el arrepentimiento sincero. Perdona al pecador arrepentido. Justifica y regenera a quien es objeto de perdón.

Dios es la más genuina expresión de amor. La definición más escueta y contundente es: “Dios es amor”.

3.- El amor

Y, por ello, porque Dios es amor, permanece como la mayor y más valiosa expresión de los dones y gracias de las que Dios nos hace objeto. El amor no como una entelequia, algo etéreo como el “amor platónico”. El amor como algo más que una mera filantropía desconectada de la persona objeto de ese amor.

El amor del que habla 1ª Cor. 13 supera y desborda el egoísmo de esos amores que absorben. Es el agape que, a la imagen de Dios, se da al otro sin condiciones ni contrapartidas, sin exigencias de reciprocidad. Es el amor que no tiene en cuenta la “calidad” del destinatario, sino la necesidad que tiene de ser amado.

El precedente está en el mismo Dios: “De tal manera amó Dios al mundo…” (Jn. 3:16). ¡Amó a buenos y a malos, sin discriminación! No excluye a nadie en absoluto. Es el amor que la humanidad necesita para curar sus heridas. Ese es el tipo de amor que permanece, sencillamente, “porque Dios nos amó primero”. Y Él quiere que sus hijos sean un reflejo de ese amor hacia el prójimo.

La fe tiene que transformarse en amor para no quedar en “creencia esclerotizada”. Es la advertencia de Santiago: La fe sin acción, sin frutos, es un árbol seco… ¡está muerta!

El “otro”, el prójimo, ha de conocer el amor de Dios, no de forma abstracta, o de oídas, o como un concepto, sino en la concreción de la actitud de los llamados hijos de Dios. Gabriel Garcia Márquez hace decir a uno de sus personajes que Dios tiene más en cuenta el amor que la fe, y no le falta razón, si es que podemos atrevernos a decir lo que Dios tiene en cuenta.

Conclusión

La Biblia nos enseña que, para amar, hay que romper barreras; derribar murallas de orgullo, de autosuficiencia; no dejarse atrapar por el rencor. Tanto el caparazón del orgullo, como la insensibilidad, dificultan la aproximación al prójimo. Sólo el amor derriba esas barreras.

La fe tiene que transformarse en amor para no quedar en “creencia esclerotizada”. Es la advertencia de Santiago: La fe sin acción, sin frutos, es un árbol seco… ¡está muerta! (cfr. Sant. 2: 20). Dicho de otra forma, tiene que plasmase en un programa, en una acción comprometida, en una forma de vivir.

El reto afecta a las personas y afecta a las iglesias, a las comunidades de creyentes, recordando que sólo se equivocan los que toman decisiones, los que se comprometen. Todavía hay esperanza, porque todavía “permanecen la fe, la esperanza y el amor…, el mayor de los cuáles es el amor”.

Autor: Máximo García Ruiz. Octubre 2018 / Edición: Actualidad Evangélica

 

© 2018 - Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

20120929-1*MÁXIMO GARCÍA RUIZnacido en Madrid, es licenciado en Teología por la Universidad Bíblica Latinoamericana, licenciado en Sociología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctor en Teología por esa misma universidad. Profesor de Historia de las Religiones, Sociología e Historia de los Bautistas en la Facultad de Teología de la Unión Evangélica Bautista de España-UEBE (actualmente profesor emérito), en Alcobendas, Madrid y profesor invitado en otras instituciones. Pertenece a la Asociación de Teólogos Juan XXIII. Ha publicado numerosos artículos y estudios de investigación en diferentes revistas, diccionarios y anales universitarios y es autor de 21 libros y de otros 12 en colaboración, algunos de ellos en calidad de editor.

 

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