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PROTESTANTES ILUSTRES / BONHOEFFER - por MÁXIMO GARCÍA

Dietrich Bonhoeffer. Aspectos de su vida (Parte I)

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Este artículo forma parte de una serie sobre el teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer, escrita por Máximo García Ruiz (ver introducción / ver artículo anterior)

20180724 1 

Familia de académicos: Dietrich Bonhoeffer (de frente a la izquierda de la imagen) en el estudio de su padre, el psiquiatra y neurólogo Karl Bonhoeffer, en julio de 1938 / Archivo de imágenes del patrimonio cultural prusiano / Biblioteca del Estado de Berlín /  / +Ampliar

(MÁXIMO GARCÍA RUIZ*, 24/07/2018) |  

Introducción y aproximación biográfica. Hacer una aproximación a teólogos como Dietrich Bonhoeffer, Harvey Cox, Karl Barth y otros pensadores protestantes del siglo XX, requiere un esfuerzo intelectual importante. De Bonhoeffer podríamos decir que es un renombrado teólogo del siglo XX, pero al decir esto, nos quedaríamos excesivamente cortos. Para hacerlo de una forma muy esquemática, podemos decir que Bonhoeffer, que tenía un carácter multidimensional, era:

. Un hombre de fe, con todo lo que esa expresión significa.

. Un hombre de oración (un místico).

. Un pastor luterano.

. Un gran predicador y acreditado líder espiritual.

. Un profesor carismático.

. Un artista (excelente pianista y poeta).

. Un filósofo-teólogo de la vida.

. Un militante político (precursor en buena medida de los teólogos de la liberación).

. Un mártir

Bonhoeffer pertenecía a la burguesía cultivada, imperial y prusiana. Nace en Breslau, Alemania (actualmente Wroclaw en Polonia), el 4 de febrero de 1906, hijo de Karl (profesor psiquiatra) y Paula, de una familia de la alta burguesía (Von Hase). En 1912, la familia pasó a vivir a Berlín. Crece, pues, en un medio burgués acomodado y recibe una esmerada educación intelectual burguesa. La familia de Dietrich defiende la República de Weimar.  En 1918 muere su hermano mayor, Walter, hecho que le marca profundamente.

Su estancia en España y, posteriormente, en los Estados Unidos, donde las iglesias estaban muy implicadas en las luchas sociales y económicas de un capitalismo vacilante, le hacen romper con su confortable estabilidad intelectual. Ante él se plantean nuevas posibilidades para el ministerio religioso: por una parte, como crítico político y social y, por otra, si llega a ser necesario, como activista.

Dietrich Bonhoeffer es un estudiante brillante y precoz. A los 17 años se decidió a estudiar teología, primero en Tubinga y luego en Berlín. En su etapa de estudiante trabajó con los grandes representantes de la renovación del luteranismo: Karl Holl y Reinhold Seeberg (autor del Manual de la Historia de las Doctrinas, 2 tomos en español). Con 21 años, defiende su primera tesis doctoral: Santorum Comunio.

Su corta vida se mueve entre un intelectualismo lúcido apoyado en las categorías del saber de su primera época de estudiante-teólogo y un misticismo creciente, especialmente en la tercera fase de su vida, ya en la cárcel, apoyado en el valor de la experiencia. Podemos señalar tres grandes etapas de su vida (más adelante nos detendremos a desgranar algunos detalles de cada una de esas etapas):

1) Primera etapa: estudiante, pastor, universidad y ecumenismo (1923-1932).

Brillante alumno de teología sistemática en la Universidad de Berlín. En esta época descubre el tema de la iglesia: la iglesia real, visible. En sus viajes percibe la iglesia universal y desarrolla su dimensión ecuménica.

2) Segunda etapa: Iglesia confesante (1933-1943).

Participa de manera apasionada, consciente, entusiasta en la creación y desarrollo de esta iglesia comprometida; pero, a la vez, pasa por la melancolía y el desánimo. Es la etapa de madurez que se corresponde con el advenimiento del nazismo en Alemania y la incursión del Estado en la Iglesia. Su mensaje es ¡resistid!

3) Tercera etapa: La cárcel.

Un tiempo marcado por una gran creatividad. Nos encontramos con un investigador de los tiempos futuros. Solitario, reflexivo, en contacto como nunca antes con el sufrimiento y la frustración. Descubre que Dios también está en el mundo sin religión, fuera de la Iglesia; que la religión puede llegar a ser una barrera para que los hombres se encuentren con Dios. Descubre lo que denomina “la mayoría de edad del mundo”.

De la misma forma, su obra está diferenciada en función de la época en que fuera escrita, con tres énfasis claros:

1) La Iglesia.

2) El mundo.

3) La reflexión sobre el sufrimiento.

En nuestra próxima entrega veremos con mayor detalle lo relevante de cada una de estas etapas…

(Próximo artículo: Bonhoeffer: Aspectos destacados de su vida (Parte II)


Autor: Máximo García Ruiz*, Julio 2018.

 

© 2018 - Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

20120929-1*MÁXIMO GARCÍA RUIZ, nacido en Madrid, es licenciado en Teología por la Universidad Bíblica Latinoamericana, licenciado en Sociología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctor en Teología por esa misma universidad. Profesor de Historia de las Religiones, Sociología e Historia de los Bautistas en la Facultad de Teología de la Unión Evangélica Bautista de España-UEBE (actualmente profesor emérito), en Alcobendas, Madrid y profesor invitado en otras instituciones. Pertenece a la Asociación de Teólogos Juan XXIII. Ha publicado numerosos artículos y estudios de investigación en diferentes revistas, diccionarios y anales universitarios y es autor de 21 libros y de otros 12 en colaboración, algunos de ellos en calidad de editor.

 

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Máximo García Ruiz

 

La creación de los estados modernos europeos, tal y como los conocemos hoy en día, no hubiera sido posible sin la existencia de la Reforma protestante y su correlato, el Concilio de Trento, tal y como veremos más adelante.

De igual forma, la Reforma no hubiera podido tener lugar, en su inmediatez histórica, sin la existencia del Humanismo y su manifestación artística y científica conocida como Renacimiento. Ahora bien, para poder centrar el tema, tenemos que remontarnos a la era anterior, la Edad Media, y poner nuestra mirada inicial, como punto de partida, en la Escolástica, el sistema educativo, el sistema teológico que identifica ese período, así como en el Feudalismo como forma de gobierno y estructuración social.

Para el escolasticismo la educación estaba reservada a sectores muy reducidos de la población, sometida a un estricto control de parte de la Iglesia. A esto hay que añadir que el sistema social estaba subordinado, a su vez, al ilimitado y caprichoso poder de los señores feudales bajo el paraguas de la Iglesia medieval que no sólo controlaba la cultura, sino que sometía las voluntades de los siervos, que no ciudadanos, amparada por un régimen considerado sagrado, en el que sus representantes actuaban en el nombre de Dios.

La Escolástica se desarrolla sometida a un rígido principio de autoridad, siendo la Biblia, a la que paradójicamente muy pocos tienen acceso, la principal fuente de conocimiento, siempre bajo el riguroso control de la jerarquía eclesiástica. En estas circunstancias, la razón ha de amoldarse a la fe y la fe es gestionada y administrada por la casta sacerdotal.

En ese largo período que conocemos como Edad Media, en especial en su último tramo, se producirían algunos hechos altamente significativos, como la invención de la imprenta (1440) o el descubrimiento de América (1492), que tendrán una enorme repercusión en ámbitos tan diferentes como la cultura, las ciencias naturales y la economía. En el terreno religioso, la escandalosa corrupción de la Iglesia medieval llegó a tales extremos que fueron varios los pre-reformadores que intentaron una reforma antes del siglo XVI: John Wycliffe (1320-1384), Jan Hus (1369-1415), Girolamo Savonarola (1452-1498), o el predecesor de todos ellos, Francisco de Asís (1181/2-1226) y otros más en diferentes partes de Europa. Todos ellos, salvo Francisco de Asís, que fue asimilado por la Iglesia, tuvieron un final dramático, sin que ninguno de esos movimientos de protesta, no siempre ajustados por acciones realmente evangélicas, consiguiera mover a la Iglesia hacia posturas de cambio o reforma.

 

No era el momento. No se daban los elementos necesarios para que germinaran las proclamas de estos aguerridos profetas, cuya voz quedó ahogada en sangre. El pueblo estaba sometido al poder y atemorizado por las supersticiones medievales; las élites eran ignorantes y no estaban preparadas para secundar a esos líderes que, como Juan el Bautista, terminaron clamando en el desierto, a pesar de que su mensaje, como las melodías del flautista de Hamelin, consiguiera arrastrar tras de sí algunos centenares o miles de personas. ¿Cuál fue la diferencia en lo que a Lutero se refiere? La respuesta, aparte de invocar aspectos transcendentes conectados con la fe de los creyentes es, desde el punto de vista histórico, sencilla y, a la vez, complicada; hay que buscarla, entre otras muchas circunstancias históricas, en el papel y en la influencia que ejercieron el Humanismo y el Renacimiento. Existen otros factores, sin duda, pero nos centraremos en estos dos.

 

Identificamos como Humanismo, al movimiento producido desde finales del siglo XIV que sigue con fuerza durante el XV y se proyecta al XVI, que impulsa una reforma cultural y educativa como respuesta a la Escolástica, que continuaba siendo considerada como la línea de pensamiento oficial de la Iglesia y, por consiguiente, de las instituciones políticas y sociales de la época. Mientras que para la educación escolástica las materias de estudio se circunscribían básicamente a la medicina, el derecho y la teología,  los humanistas se interesan vivamente por la poesía, la literatura en general (gramática, retórica, historia) y la  filosofía, es decir, las humanidades. Con ello se descubre una nueva filosofía de la vida, recuperando como objetivo central la dignidad de la persona. El hombre pasa a ser el centro y medida de todas las cosas.

 

La corriente humanista da origen a la formación del espíritu del Renacimiento, produciendo personajes tan relevantes como, Petrarca (1304-1374) o Bocaccio (1313-1375), Nebrija (1441-1522), Erasmo (1466-1536), Maquiavelo (1469-1527), Copérnico (1473-1543), Miguel Ángel (1475-1564), Tomás Moro (1478-1535), Rafael (1483-1520), Lutero (1483-1546), Cervantes (1547-1616), Bacon (1561-1626), Shakespeare (1564-1616), sin olvidar la influencia que sobre ellos pudieron tener sus predecesores, Dante (1265-1321), Giotto (1266-1337), y algunos otros pensadores de la época. Estos y tantos otros humanistas, unos desde la literatura, otros desde la filosofía, algunos desde la teología y otros desde el arte y las ciencias, contribuyeron al cambio de paradigma filosófico, teológico y social, haciendo posible el tránsito desde la Edad Media a la Edad Contemporánea, período de la historia que algunos circunscriben al transcurrido desde el descubrimiento de América (1492) a la Revolución Francesa (1789).

 

El Renacimiento se identifica por dar paso a un hombre libre, creador de sí mismo, con gran autonomía de la religión que pretende mantener el monopolio de Dios y el destino de los seres humanos. El Humanismo y el Renacimiento se superponen, si bien mientras el Humanismo se identifica específicamente, como ya hemos apuntado, con la cultura, el Renacimiento lo hace con el arte, la ciencia, y la capacidad creadora del hombre. El Renacimiento hace referencia a la civilización en su conjunto.

 

En resumen, el Humanismo es una corriente filosófica y cultural que sirve de caldo de cultivo al Renacimiento, que surge como fruto de las ideas desarrolladas por los pensadores humanistas, que se nutren a su vez de las fuentes clásicas tanto griegas como romanas. Marca el final de la Edad Media y sustituye el teocentrismo por el antropocentrismo, contribuyendo a crear las condiciones necesarias para la formación de los estados europeos modernos. Una época de tránsito en la que desaparece el feudalismo y surge la burguesía y la afirmación del capitalismo, dando paso a una sociedad europea con nuevos valores.

 

Visto lo que antecede, estamos en condiciones de juzgar la influencia que este cambio de ciclo histórico pudo tener en la Reforma promovida por Lutero en primera instancia, secundada por Zwinglio, Calvino, y otros reformadores del siglo XVI, y valorar de qué forma estos cambios contribuyeron a la formación de los modernos estados europeos.

 

Pero éste será tema de una segundan entrega.



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