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OPINIÓN / CARLOS MARTÍ ROY

“Dame de beber”

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(CARLOS MARTÍ ROY*, 04/02/2018) | La sed expresa el deseo básico que los seres humanos tenemos de beber líquidos. Es un mecanismo esencial de regulación del contenido de líquidos en el organismo.

Jesús tuvo sed y eso manifiesta que participó de nuestra realidad humana y que experimentó nuestra fragilidad y debilidad, conoció de primera mano y en primera persona las necesidades humanas y cómo estas se pueden convertir en nuestra mayor tentación o también en la mayor expresión de igualdad entre seres humanos más allá de nuestra sexualidad, creencias, orígenes, o cualquier otra cuestión que nos hace distintos o diferentes, es decir, completamente otro.

En el Evangelio de Juan se recoge un episodio que da origen a este pensamiento, Jesús se encuentra con una mujer que está sacando agua junto a un pozo, algo extraño a primera vista pues era una hora del día avanzada para sacar agua y por otro lado, y estaba sola, era costumbre que las mujeres muy de mañana salieran juntas a recoger agua para sus casas, ¿Qué hacía que esta mujer estuviera sola y saliera a buscar agua a una hora inesperada?

Lo cierto es que Jesús se acerca a la mujer y le pide algo tan sencillo y obvio que hoy no nos llamaría la atención, “dame de beber”, la mujer queda sorprendida por una petición a todas luces obvia, estamos en un pozo, una hora avanzada del día, la mujer tenía con qué sacar agua del pozo, Jesús solo tenía sed pero no con qué sacar agua del pozo. 

No sé si has escuchado el eslogan de campaña publicitaria “porque un pequeño gesto puede cambiarlo todo”, seguro que sí, de eso mismo quiero hablarte, de un pequeño gesto que cambió a una mujer y toda una ciudad, un gesto precedido por una demanda sencilla, básica y humanitaria “dame de beber”.

No podemos obviar la respuesta de la mujer, tan obvia en su contexto social, cultural y político, como la demanda de agua hecha por alguien que tenía sed. La mujer dijo “¿cómo tú siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? El escritor del texto sagrado añade “Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí”, forma políticamente correcta de decir que los judíos y samaritanos se odian y rechazan mutuamente, los judíos y samaritanos eran enemigos desde hace mucho tiempo.

Una frase con dos palabras “dame de beber” que expresan la necesidad de alguien, provocaría tanta sorpresa y asombro en aquella mujer, ¿Cómo te atreves siendo hombre y judío, a pedirme agua a mí mujer samaritana? que en este caso, la mujer iba a ir descubriendo en la conversación que era más que un profeta, mayor que su padre Jacob, ni más ni menos era el Cristo, el Mesías esperado, el Salvador del mundo.

Aquella petición se convierte claramente en un puente entre dos realidades y mundos distintos que se niegan, rechazan e incluso odian. Barreras como la desigualdad existente entre hombre y mujer, entre rabí y maestro judío y una simple mujer samaritana, entre judíos y samaritanos, dos pueblos rotos por su propia historia que acumulan odios, rencillas, resentimientos de generación en generación.

Jesús, desde su necesidad que le iguala al conjunto de la humanidad, demanda agua de la persona que más razones tenía para no atender su demanda e incluso para verle morir de sed y no lamentarlo sino al contrario, alegrarse.

Realidades distintas, radicalmente diferentes, superadas por Jesús y su demanda de agua.

La desigualdad sigue siendo un problema en nuestra sociedad, la discriminación por razón de sexo, orientación sexual, credo, ideología o raza sigue siendo una amenaza para cualquier sociedad que quiera progresar. Desigualdad y  discriminación, dos palabras que segregan, estigmatizan, explotan, roban la dignidad del ser humano, segmenta y señala a unos y otros.

Desigualdad y discriminación, dos términos que dividen el mundo en dos, desarrollado y subdesarrollado, que estigmatiza a unos mientras enriquece a otros, que atenta contra la dignidad de nuestro igual o semejante, sea hombre o mujer, blanco, negro o asiático, cristiano, budista, musulmán o judío, heterosexual u homosexual, trabajador o empresario, clero o laico, buenos y malos, ¡basta ya! El Dios que hizo el cielo y la tierra y todo lo que hoy podemos percibir con nuestros sentidos y admirar en su descubrimiento, nos hizo a todos una misma humanidad, creada a su imagen y semejanza,  hace salir el mismo sol para justos e injustos y hace llover para buenos y malos, dicho de otra manera, no hace acepción de personas.

carlos marti

Carlos Martí, pastor evangélico

Ese mismo Dios, viendo que su mundo y humanidad creada están rotos, se hizo un igual a nosotros en Jesús, habitó entre nosotros y participó de nuestra compleja y difícil experiencia humana, participando de nuestra realidad y de sus  necesidades, para desde su muerte injusta en la cruz poder unirnos a todos y todas en un nuevo hombre y mujer, una nueva humanidad donde la enemistad, la desigualdad y discriminación no sigan destrozándola, donde lo importante ya no es ser de aquí o de cualquier otro lugar, ser hombre  o mujer, ser trabajador o empresario, sino donde su ejemplo de entrega y amor sea el todo en cada uno de nosotros.

Jesús sigue teniendo sed de amor, justicia y verdad, pilares de un nuevo hogar y humanidad donde se destierre el dolor, tristeza y sufrimiento que provoca la desigualdad y la discriminación, donde la manera de ganar a tu enemigo no sea acabando con él sino haciendo de él tu amigo, tu igual fraternal y libre. Que Dios nos ayude a calmar la sed que le produce su solidaridad y amor por y entre nosotros.

Otro mundo es posible, pequeños gestos pueden cambiarlo todo. Hagamos un frente contra la desigualdad y discriminación en nuestras sociedades, para poder seguir  llamándonos cristianos y mundo desarrollado.

 

Autor: Carlos Martí Roy, Febrero 2018. El autor es pastor evangélico de la Iglesia Comunidad Cristiana El Camino, de Alcalá de Henares (Madrid).


© 2018- Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

La Reforma protestante y la creación de los estados modernos  europeos, 1

Humanismo y Renacimiento

Máximo García Ruiz

 

La creación de los estados modernos europeos, tal y como los conocemos hoy en día, no hubiera sido posible sin la existencia de la Reforma protestante y su correlato, el Concilio de Trento, tal y como veremos más adelante.

De igual forma, la Reforma no hubiera podido tener lugar, en su inmediatez histórica, sin la existencia del Humanismo y su manifestación artística y científica conocida como Renacimiento. Ahora bien, para poder centrar el tema, tenemos que remontarnos a la era anterior, la Edad Media, y poner nuestra mirada inicial, como punto de partida, en la Escolástica, el sistema educativo, el sistema teológico que identifica ese período, así como en el Feudalismo como forma de gobierno y estructuración social.

Para el escolasticismo la educación estaba reservada a sectores muy reducidos de la población, sometida a un estricto control de parte de la Iglesia. A esto hay que añadir que el sistema social estaba subordinado, a su vez, al ilimitado y caprichoso poder de los señores feudales bajo el paraguas de la Iglesia medieval que no sólo controlaba la cultura, sino que sometía las voluntades de los siervos, que no ciudadanos, amparada por un régimen considerado sagrado, en el que sus representantes actuaban en el nombre de Dios.

La Escolástica se desarrolla sometida a un rígido principio de autoridad, siendo la Biblia, a la que paradójicamente muy pocos tienen acceso, la principal fuente de conocimiento, siempre bajo el riguroso control de la jerarquía eclesiástica. En estas circunstancias, la razón ha de amoldarse a la fe y la fe es gestionada y administrada por la casta sacerdotal.

En ese largo período que conocemos como Edad Media, en especial en su último tramo, se producirían algunos hechos altamente significativos, como la invención de la imprenta (1440) o el descubrimiento de América (1492), que tendrán una enorme repercusión en ámbitos tan diferentes como la cultura, las ciencias naturales y la economía. En el terreno religioso, la escandalosa corrupción de la Iglesia medieval llegó a tales extremos que fueron varios los pre-reformadores que intentaron una reforma antes del siglo XVI: John Wycliffe (1320-1384), Jan Hus (1369-1415), Girolamo Savonarola (1452-1498), o el predecesor de todos ellos, Francisco de Asís (1181/2-1226) y otros más en diferentes partes de Europa. Todos ellos, salvo Francisco de Asís, que fue asimilado por la Iglesia, tuvieron un final dramático, sin que ninguno de esos movimientos de protesta, no siempre ajustados por acciones realmente evangélicas, consiguiera mover a la Iglesia hacia posturas de cambio o reforma.

 

No era el momento. No se daban los elementos necesarios para que germinaran las proclamas de estos aguerridos profetas, cuya voz quedó ahogada en sangre. El pueblo estaba sometido al poder y atemorizado por las supersticiones medievales; las élites eran ignorantes y no estaban preparadas para secundar a esos líderes que, como Juan el Bautista, terminaron clamando en el desierto, a pesar de que su mensaje, como las melodías del flautista de Hamelin, consiguiera arrastrar tras de sí algunos centenares o miles de personas. ¿Cuál fue la diferencia en lo que a Lutero se refiere? La respuesta, aparte de invocar aspectos transcendentes conectados con la fe de los creyentes es, desde el punto de vista histórico, sencilla y, a la vez, complicada; hay que buscarla, entre otras muchas circunstancias históricas, en el papel y en la influencia que ejercieron el Humanismo y el Renacimiento. Existen otros factores, sin duda, pero nos centraremos en estos dos.

 

Identificamos como Humanismo, al movimiento producido desde finales del siglo XIV que sigue con fuerza durante el XV y se proyecta al XVI, que impulsa una reforma cultural y educativa como respuesta a la Escolástica, que continuaba siendo considerada como la línea de pensamiento oficial de la Iglesia y, por consiguiente, de las instituciones políticas y sociales de la época. Mientras que para la educación escolástica las materias de estudio se circunscribían básicamente a la medicina, el derecho y la teología,  los humanistas se interesan vivamente por la poesía, la literatura en general (gramática, retórica, historia) y la  filosofía, es decir, las humanidades. Con ello se descubre una nueva filosofía de la vida, recuperando como objetivo central la dignidad de la persona. El hombre pasa a ser el centro y medida de todas las cosas.

 

La corriente humanista da origen a la formación del espíritu del Renacimiento, produciendo personajes tan relevantes como, Petrarca (1304-1374) o Bocaccio (1313-1375), Nebrija (1441-1522), Erasmo (1466-1536), Maquiavelo (1469-1527), Copérnico (1473-1543), Miguel Ángel (1475-1564), Tomás Moro (1478-1535), Rafael (1483-1520), Lutero (1483-1546), Cervantes (1547-1616), Bacon (1561-1626), Shakespeare (1564-1616), sin olvidar la influencia que sobre ellos pudieron tener sus predecesores, Dante (1265-1321), Giotto (1266-1337), y algunos otros pensadores de la época. Estos y tantos otros humanistas, unos desde la literatura, otros desde la filosofía, algunos desde la teología y otros desde el arte y las ciencias, contribuyeron al cambio de paradigma filosófico, teológico y social, haciendo posible el tránsito desde la Edad Media a la Edad Contemporánea, período de la historia que algunos circunscriben al transcurrido desde el descubrimiento de América (1492) a la Revolución Francesa (1789).

 

El Renacimiento se identifica por dar paso a un hombre libre, creador de sí mismo, con gran autonomía de la religión que pretende mantener el monopolio de Dios y el destino de los seres humanos. El Humanismo y el Renacimiento se superponen, si bien mientras el Humanismo se identifica específicamente, como ya hemos apuntado, con la cultura, el Renacimiento lo hace con el arte, la ciencia, y la capacidad creadora del hombre. El Renacimiento hace referencia a la civilización en su conjunto.

 

En resumen, el Humanismo es una corriente filosófica y cultural que sirve de caldo de cultivo al Renacimiento, que surge como fruto de las ideas desarrolladas por los pensadores humanistas, que se nutren a su vez de las fuentes clásicas tanto griegas como romanas. Marca el final de la Edad Media y sustituye el teocentrismo por el antropocentrismo, contribuyendo a crear las condiciones necesarias para la formación de los estados europeos modernos. Una época de tránsito en la que desaparece el feudalismo y surge la burguesía y la afirmación del capitalismo, dando paso a una sociedad europea con nuevos valores.

 

Visto lo que antecede, estamos en condiciones de juzgar la influencia que este cambio de ciclo histórico pudo tener en la Reforma promovida por Lutero en primera instancia, secundada por Zwinglio, Calvino, y otros reformadores del siglo XVI, y valorar de qué forma estos cambios contribuyeron a la formación de los modernos estados europeos.

 

Pero éste será tema de una segundan entrega.



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