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por MÁXIMO GARCÍA RUIZ

La verdad como medio de libertad

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Conoceréis la Verdad, y la Verdad os libertará” (Juan 8:32).

20160819-2

(MÁXIMO GARCÍA RUIZ*, 19/08/2016) | Uno de los logros más importantes del ser humano es el hecho de ser libres. La historia de la humanidad muestra excesivas páginas que nos avergüenzan a causa de la maldad desplegada por parte de unas personas hacia otras sometiéndolas a la esclavitud, privándolas de esta forma de uno de los dones más preciados con el que fueron dotadas por el Creador.

Ser privados de libertad es, por consiguiente, uno de los más graves escarnios que una persona puede sufrir. Volver a conquistar la libertad, en estos casos, se convierte en el objetivo principal de sus vidas.

Ser privados de libertad es, por consiguiente, uno de los más graves escarnios que una persona puede sufrir. Volver a conquistar la libertad, en estos casos, se convierte en el objetivo principal de sus vidas.

Pero, en realidad, ¿qué es eso de ser libre? ¿Qué encierra realmente ese concepto? En su acepción más pura puede decirse que es la capacidad de la conciencia para pensar y obrar según la propia voluntad de la persona, si bien esta libertad suele condicionarse a que esté en sujeción a un determinado orden o regulación más elevados.  Otra definición apunta a la libertad del hombre para elegir su propia línea de conducta de la que consecuentemente se hace responsable. Y aún podemos añadir otra matización, referida a la facultad natural de la voluntad humana para determinar espontáneamente sus actos.

En esta aproximación semántica al concepto libertad, nos encontramos con algunos énfasis que cobran protagonismo a la hora de tratar de entender de que estamos hablando. El primero y más importante apunta hacia la capacidad personal, desde el ámbito de la conciencia, de pensar y obrar de forma autónoma, sin condicionantes extraños, sin presiones, sin que la voluntad sea forzada por nada ni por nadie. Se trata de un reto nada fácil de conseguir, porque desde que nacemos estamos condicionados por infinidad de factores que ejercen presión sobre nuestra conciencia, como son la cultura, la religión, la clase social en la que nos movemos, la familia en la que nacemos, y otras muchas circunstancias que van moldeando nuestra conciencia, sometiéndola a un orden establecido que condiciona y modela nuestra forma de pensar, es decir, nuestra libertad.

En segundo lugar, se nos indica que libertad es la capacidad de elegir y responsabilizarse de la propia conducta. Hay que ser muy maduros para alcanzar ese nivel de autonomía con todas sus consecuencias. Los resultados no siempre son satisfactorios y, en esos casos, tendemos a buscar responsables fuera de nosotros mismos que nos exoneren de nuestra propia responsabilidad. Por lo tanto, no debemos perder de vista que la libertad encierra sus propios riesgos. Salir del seno materno es tan duro que los recién nacidos lo afrontan llorando; asumir la libertad de nuestros actos nos coloca ante el riesgo de equivocarnos y emprender acciones ruinosas.

En cualquier caso, podemos seguir afirmando que la libertad es uno de los dones más preciados con el que el ser humano ha sido dotado. Y somos conscientes de ello en la medida en que tomamos conciencia de su pérdida total o parcial.

Llegados a este punto nos encontramos con la oferta de Jesús que recoge el evangelio de Juan, a la que hicimos referencia anteriormente. Jesús habla de la verdad, no tanto de algo que recibimos sino de algo que conocemos. Un concepto abstracto, no un objeto tangible. La verdad está ahí, flotando ante nosotros, poliédrica, multiforme, pero fácilmente puede pasar desapercibida por falta de conocimiento. Ya lo había anticipado el profeta cuando afirmaba de forma contundente: “Mi pueblo fue desolado (o pereció) porque le faltó conocimiento” (Oseas 4:6).

La falta de conocimiento conduce al fanatismo, a la intolerancia, al odio, a la violencia, al desamor. La verdad se oculta tras un muro que únicamente puede ser derribado por el conocimiento. La ignorancia es el veneno; el conocimiento es el antídoto.

La falta de conocimiento conduce al fanatismo, a la intolerancia, al odio, a la violencia, al desamor. La verdad se oculta tras un muro que únicamente puede ser derribado por el conocimiento. La ignorancia es el veneno; el conocimiento es el antídoto. Y siendo éste un principio aplicable a cualquier orden de la vida, lo es de forma muy especial en el ámbito religioso y, más concretamente, en lo que afecta a la Biblia como libro sagrado del cristianismo. Dado el papel relevante que la Biblia tiene en el conjunto de las iglesias cristianas, pero de una forma muy especial entre las iglesias de la Reforma Protestante, se hace necesario  pasar de una primera lectura devocional que cubre esa finalidad que el apóstol Pablo identificaba con la leche espiritual (cfr. 1ª Cor. 3:1-9), a un conocimiento en profundidad de este conjunto de libros sagrados que conduzcan a descubrir la Palabra de Dios.

Centrándonos en las palabras de Jesús observamos que el requisito para disfrutar de esa libertad no es sólo conocer (algo básico y necesario), sino permanecer. Podemos ver de lejos la tierra prometida y quedarnos a las puertas, sin disfrutar de ella, como le ocurrió a Moisés. No es suficiente descubrir la verdad, es necesario ejercitarse en la virtud de la perseverancia.

Lamentablemente, en el mundo evangélico se ha instalado una pléyade de “falsos maestros” que se revisten de una autoridad que en manera alguna procede del Espíritu Santo y, abusando de la falta de conocimiento del pueblo llano, colocan en idéntico nivel de autoridad la Palabra de Dios, encarnada básicamente en Jesucristo, con las fábulas, leyendas y mitos que han servido como vehículo de transmisión para esa Palabra, a lo que añaden su propio “magisterio”, mostrando con ello su condición de falsos profetas. Confunden así a los creyentes poco avisados, es decir, con falta de conocimiento, haciéndoles creer que son ellos los portadores y administradores de la Verdad. Una verdad mentirosa que mantiene al común de los creyentes en el ámbito de la ignorancia sometida que, por supuesto, no les hace libres.

Conocer la verdad en toda su amplia gama de posibilidades, tiene que conducir a que la persona alcance el nivel de libertad suficiente como para tener la capacidad de actuar conforme a los dictados de su propia conciencia; es volver al estado edénico primitivo cuya autonomía le permite incluso rebelarse contra Dios (cosa no deseable pero posible). Ser libre es regresar al origen de todo y volver a ser persona en el sentido integral en el que fuimos creados.

Conocer la verdad en el sentido más profundo del Evangelio es conocer la Palabra de Dios y esta verdad se materializa, se encarna, en Jesucristo. Él es la Palabra de Dios encanada (cfr. Evangelio de Juan cap. 1). Los libros del Antiguo Testamento apuntan hacia esa verdad revelada; los del Nuevo Testamento dan testimonio de esa verdad. Lo sintetiza el evangelista cuando recoge la afirmación más contundente referida a la persona de Cristo que encontramos al respecto: Yo soy el camino, la verdad y la vida...” (Jn. 14:6). Es la verdad revelada, la Palabra de Dos encarnada. Así, pues, cualquier otra palabra, cualquier otra verdad para que sea La Palabra y podamos conferirle el marchamo de Verdad, tiene que ajustarse a la persona y al mensaje de Jesucristo[i].

Autor: Máximo García Ruiz*, Agosto 2016.


[i] Para un estudio en mayor profundidad sobre Palabra de Dios, recomendamos mi libro Redescubrir la Palabra. Como leer la Biblia, Clie, 2016.


© 2016- Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

20120929-1*MÁXIMO GARCÍA RUIZ, nacido en Madrid, es licenciado en Teología por la Universidad Bíblica Latinoamericana, licenciado en Sociología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctor en Teología por esa misma universidad. Profesor de Sociología y Religiones Comparadas en la Facultad de Teología  de la  Unión Evangélica Bautista de España (UEBE), en Alcobendas, Madrid y profesor invitado en otras instituciones. Pertenece a la Asociación de Teólogos Juan XXIII. Ha publicado numerosos artículos y estudios de investigación en diferentes revistas, diccionarios y anales universitarios y es autor de 24 libros, algunos de ellos en colaboración.

 

 

 

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