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Protestantes ilustres / Bonhoeffer - por Máximo García

Pensamiento y teología de Bonhoeffer: "Núcleo central de su teología"

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Este artículo forma parte de una serie sobre el teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer, escrita por Máximo García Ruiz (ver introducción / ver artículo anterior)

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Dietrich Bonhoeffer, segundo por la derecha, en la prisión de Tegel (Berlín, Alemania) a la espera del juicio en 1944

(MÁXIMO GARCÍA RUIZ*, 22/06/2018) |  Las grandes preocupaciones de Bonhoeffer giran en torno a:

1. La figura de Jesús. 

2.  La naturaleza idolátrica del estado nazi.

3. La responsabilidad moral de los cristianos alemanes que respaldaron al Fürher.

La base doctrinal del creyente no está en la experiencia individual, ni en la Biblia, sino “en la revelación aceptada por fe”. El corazón de la teología no reposa sobre las posibilidades de los hombres, sino sobre la realidad de Dios que le limita y estructura.

Es consciente del proceso creciente de un mundo sin religión, del desarrollo de una sociedad secular, divorciada de las expresiones religiosas. Y se pregunta: “¿Cómo hablar de Dios sin religión?"

A Bonhoeffer le preocupa, y mucho, la figura de Cristo. "¿Quién eres?". El mismo año en que Hitler se convirtió en Canciller de Alemania Bonhoeffer impartió un curso sobre cristología en la Universidad de Berlín, que sería posteriormente publicado bajo el título Cristologie (en castellano, “¿Quién es y quien fue Jesucristo?”). Se pone de manifiesto su profunda necesidad de un encuentro con Cristo.  “Lo que realmente me preocupa es la cuestión de qué es el cristianismo, o también quién es Cristo realmente hoy para nosotros. Ha pasado ya el tiempo en que a los hombres se les podía explicar esto por medio de palabras, sean teológicas o piadosas, ha pasado asimismo el tiempo de la interioridad y de la conciencia; es decir, justamente el tiempo de la religión en general” (carta a Eberhard Bethge (30-4-1944) en R. Y S., pp. 197-199, cit. Por R. Coles en E.E., p. 158). ¿Qué es Cristo para nosotros?” es la pregunta que le atormenta personalmente. ¿Cómo predicar a Cristo sin religión?

Es consciente del proceso creciente de un mundo sin religión, del desarrollo de una sociedad secular, divorciada de las expresiones religiosas. Y se pregunta: “¿Cómo hablar de Dios sin religión?”, p. 159 de E.E. Y aún avanza en su reflexión para concluir que tal vez llegue un momento en el que ni siquiera se pueda “hablar” de religión. El cristianismo es la antirreligión, en el sentido de que cualquier religión debilita al hombre delante de la omnipotencia divina, mientras que la fe en Cristo enseña la presencia de un Dios crucificado que dignifica y potencia los valores humanos.

Para quien vive la fe en Dios desde un plano experiencial, para quien Dios es el centro de su vida, como es el caso de Bonhoeffer, la gran preocupación es presentar a ese Dios de tal forma que pueda ser comprendido por un mundo adulto...

Su inquietud, sin duda a causa de la decepción que le produce la religión socialmente establecida, “conformada” al sistema, le lleva a confesarle a su amigo Bethge: “A menudo me pregunto por qué un 'instinto cristiano' me atrae en ocasiones más hacia los no religiosos. Y esto sin la menor intención misionera, sino que casi me atrevería a decir 'fratenalmente'. Ante los religiosos, me avergüenzo con frecuencia de nombrar a Dios, porque en ese contexto su nombre me parece que adquiere un sonido casi ficticio y yo tengo la impresión de ser algo insincero... En cambio, ante los no religiosos puedo, cuando hay ocasión, nombrar a Dios con toda tranquilidad y como algo obvio” (p.160 de “Escritos Esenciales”).

Toda la carta es un documento teológico en torno al cristianismo irreligioso.  Así es que, desde una incuestionable espiritualidad personal, un misticismo poco frecuente en el entorno burgués e intelectual en que se mueve, Bonhoeffer hace un esfuerzo supremo en comprender “la realidad de este mundo” (weltlich) que, a su juicio, ha llegado a la mayoría de edad, en cuyo proceso ha ido empujando a Dios fuera del ámbito de sus intereses. Lo que observa y se esfuerza en comprender no lo define tanto como un ateísmo militante sino como una declaración de inutilidad: Dios resulta innecesario para el habitante de un mundo que ha llegado a su mayoría de edad.

Para quien vive la fe en Dios desde un plano experiencial, para quien Dios es el centro de su vida, como es el caso de Bonhoeffer, la gran preocupación es presentar a ese Dios de tal forma que pueda ser comprendido por un mundo adulto que no se deja impresionar por el Deux ex machina que sale a escena como si de un taumaturgo se tratara, para resolver los problemas cotidianos de una humanidad impotente a causa de su pereza.

La fascinación que Bonhoeffer sentía por dar respuesta al sufrimiento hizo que fuera un gran admirador de Gandhi, hasta llegar a hacer planes para ir a vivir y trabajar con él.

El mundo llega a ser adulto cuando abandona esa falsa concepción de Dios y está dispuesto a aceptar al Dios de la Biblia (cf. Sus cartas desde prisión). La fascinación que Bonhoeffer sentía por dar respuesta al sufrimiento hizo que fuera un gran admirador de Gandhi, hasta llegar a hacer planes para ir a vivir y trabajar con él, renunciando a ese propósito ante la necesidad inmediata de dar un testimonio cristiano en Alemania.

Una aportación importante de Bonhoeffer fue demostrar que el cristianismo no estaba llamado a estar anclado en una doctrina, por muy ortodoxa que fuera, sino que ha de permanecer abierto a los problemas de cada época y dar algún tipo de respuesta al dolor y al sufrimiento. Dice en una de sus cartas: “No podemos ser sinceros si no reconocemos que no es preciso vivir en el mundo etsi Deus non daretur (como si Dios no estuviera allí). Cristo no nos ayuda con su omnipotencia, sino con su debilidad y sus sufrimientos” (Widerstand und Ergeburg,  p 241s.). Bonhoeffer descubre en Jesucristo al Siervo Sufriente de Isaías, el símbolo del sufrimiento, que nos permite contemplar la verdadera imagen de Dios, el valor redentor del sufrimiento.

Su evolución teológica y vital queda reflejada en su percepción de la Iglesia, en función de su propia evolución personal:

1. En primer lugar, el descubrimiento de la Iglesia.

2. En segundo lugar, descubre la iglesia ecuménica, a partir de sus viajes al extranjero.

3. A raíz del advenimiento del nacismo y de su propia madurez, surge la Iglesia confesante.

4. Y, finalmente, la incógnita de la Iglesia (cautiverio).

UN CRISTIANISMO COMPROMETIDO

En El precio de la gracia (“Seguimiento de Jesús”, escrito en el período de Finkenwald), Bonhoeffer somete a crítica el concepto luterano de la fe. No basta con creer; la fe exige obediencia. 

En El precio de la gracia (“Seguimiento de Jesús”, escrito en el período de Finkenwald), Bonhoeffer somete a crítica el concepto luterano de la fe. No basta con creer; la fe exige obediencia. Privada del “seguimiento” de la vida la salvación por la fe se reduce a una justificación barata del pecado, pero que no llega a la costosa justificación del pecador.Para Bonhoeffer el acto religioso es algo parcial, mientras que la fe es algo total, un acto de la vida. Jesús no nos llama a una nueva religión, sino a la vida; a Dios hay que buscarle en la plenitud de la existencia. En las cartas que escribe desde la cárcel, concretamente las dirigidas a Eberhard Bethge, se muestra crítico y audaz, apuntando una teología prospectiva, no conformista con los esquemas establecidos.

(Próximo artículo: Pensamiento y teología de Bonhoeffer: "Teología inacabada")


Autor: Máximo García Ruiz*, Junio 2018.

 

© 2018 - Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

20120929-1*MÁXIMO GARCÍA RUIZ, nacido en Madrid, es licenciado en Teología por la Universidad Bíblica Latinoamericana, licenciado en Sociología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctor en Teología por esa misma universidad. Profesor de Historia de las Religiones, Sociología e Historia de los Bautistas en la Facultad de Teología de la Unión Evangélica Bautista de España-UEBE (actualmente profesor emérito), en Alcobendas, Madrid y profesor invitado en otras instituciones. Pertenece a la Asociación de Teólogos Juan XXIII. Ha publicado numerosos artículos y estudios de investigación en diferentes revistas, diccionarios y anales universitarios y es autor de 21 libros y de otros 12 en colaboración, algunos de ellos en calidad de editor.

 

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Humanismo y Renacimiento

Máximo García Ruiz

 

La creación de los estados modernos europeos, tal y como los conocemos hoy en día, no hubiera sido posible sin la existencia de la Reforma protestante y su correlato, el Concilio de Trento, tal y como veremos más adelante.

De igual forma, la Reforma no hubiera podido tener lugar, en su inmediatez histórica, sin la existencia del Humanismo y su manifestación artística y científica conocida como Renacimiento. Ahora bien, para poder centrar el tema, tenemos que remontarnos a la era anterior, la Edad Media, y poner nuestra mirada inicial, como punto de partida, en la Escolástica, el sistema educativo, el sistema teológico que identifica ese período, así como en el Feudalismo como forma de gobierno y estructuración social.

Para el escolasticismo la educación estaba reservada a sectores muy reducidos de la población, sometida a un estricto control de parte de la Iglesia. A esto hay que añadir que el sistema social estaba subordinado, a su vez, al ilimitado y caprichoso poder de los señores feudales bajo el paraguas de la Iglesia medieval que no sólo controlaba la cultura, sino que sometía las voluntades de los siervos, que no ciudadanos, amparada por un régimen considerado sagrado, en el que sus representantes actuaban en el nombre de Dios.

La Escolástica se desarrolla sometida a un rígido principio de autoridad, siendo la Biblia, a la que paradójicamente muy pocos tienen acceso, la principal fuente de conocimiento, siempre bajo el riguroso control de la jerarquía eclesiástica. En estas circunstancias, la razón ha de amoldarse a la fe y la fe es gestionada y administrada por la casta sacerdotal.

En ese largo período que conocemos como Edad Media, en especial en su último tramo, se producirían algunos hechos altamente significativos, como la invención de la imprenta (1440) o el descubrimiento de América (1492), que tendrán una enorme repercusión en ámbitos tan diferentes como la cultura, las ciencias naturales y la economía. En el terreno religioso, la escandalosa corrupción de la Iglesia medieval llegó a tales extremos que fueron varios los pre-reformadores que intentaron una reforma antes del siglo XVI: John Wycliffe (1320-1384), Jan Hus (1369-1415), Girolamo Savonarola (1452-1498), o el predecesor de todos ellos, Francisco de Asís (1181/2-1226) y otros más en diferentes partes de Europa. Todos ellos, salvo Francisco de Asís, que fue asimilado por la Iglesia, tuvieron un final dramático, sin que ninguno de esos movimientos de protesta, no siempre ajustados por acciones realmente evangélicas, consiguiera mover a la Iglesia hacia posturas de cambio o reforma.

 

No era el momento. No se daban los elementos necesarios para que germinaran las proclamas de estos aguerridos profetas, cuya voz quedó ahogada en sangre. El pueblo estaba sometido al poder y atemorizado por las supersticiones medievales; las élites eran ignorantes y no estaban preparadas para secundar a esos líderes que, como Juan el Bautista, terminaron clamando en el desierto, a pesar de que su mensaje, como las melodías del flautista de Hamelin, consiguiera arrastrar tras de sí algunos centenares o miles de personas. ¿Cuál fue la diferencia en lo que a Lutero se refiere? La respuesta, aparte de invocar aspectos transcendentes conectados con la fe de los creyentes es, desde el punto de vista histórico, sencilla y, a la vez, complicada; hay que buscarla, entre otras muchas circunstancias históricas, en el papel y en la influencia que ejercieron el Humanismo y el Renacimiento. Existen otros factores, sin duda, pero nos centraremos en estos dos.

 

Identificamos como Humanismo, al movimiento producido desde finales del siglo XIV que sigue con fuerza durante el XV y se proyecta al XVI, que impulsa una reforma cultural y educativa como respuesta a la Escolástica, que continuaba siendo considerada como la línea de pensamiento oficial de la Iglesia y, por consiguiente, de las instituciones políticas y sociales de la época. Mientras que para la educación escolástica las materias de estudio se circunscribían básicamente a la medicina, el derecho y la teología,  los humanistas se interesan vivamente por la poesía, la literatura en general (gramática, retórica, historia) y la  filosofía, es decir, las humanidades. Con ello se descubre una nueva filosofía de la vida, recuperando como objetivo central la dignidad de la persona. El hombre pasa a ser el centro y medida de todas las cosas.

 

La corriente humanista da origen a la formación del espíritu del Renacimiento, produciendo personajes tan relevantes como, Petrarca (1304-1374) o Bocaccio (1313-1375), Nebrija (1441-1522), Erasmo (1466-1536), Maquiavelo (1469-1527), Copérnico (1473-1543), Miguel Ángel (1475-1564), Tomás Moro (1478-1535), Rafael (1483-1520), Lutero (1483-1546), Cervantes (1547-1616), Bacon (1561-1626), Shakespeare (1564-1616), sin olvidar la influencia que sobre ellos pudieron tener sus predecesores, Dante (1265-1321), Giotto (1266-1337), y algunos otros pensadores de la época. Estos y tantos otros humanistas, unos desde la literatura, otros desde la filosofía, algunos desde la teología y otros desde el arte y las ciencias, contribuyeron al cambio de paradigma filosófico, teológico y social, haciendo posible el tránsito desde la Edad Media a la Edad Contemporánea, período de la historia que algunos circunscriben al transcurrido desde el descubrimiento de América (1492) a la Revolución Francesa (1789).

 

El Renacimiento se identifica por dar paso a un hombre libre, creador de sí mismo, con gran autonomía de la religión que pretende mantener el monopolio de Dios y el destino de los seres humanos. El Humanismo y el Renacimiento se superponen, si bien mientras el Humanismo se identifica específicamente, como ya hemos apuntado, con la cultura, el Renacimiento lo hace con el arte, la ciencia, y la capacidad creadora del hombre. El Renacimiento hace referencia a la civilización en su conjunto.

 

En resumen, el Humanismo es una corriente filosófica y cultural que sirve de caldo de cultivo al Renacimiento, que surge como fruto de las ideas desarrolladas por los pensadores humanistas, que se nutren a su vez de las fuentes clásicas tanto griegas como romanas. Marca el final de la Edad Media y sustituye el teocentrismo por el antropocentrismo, contribuyendo a crear las condiciones necesarias para la formación de los estados europeos modernos. Una época de tránsito en la que desaparece el feudalismo y surge la burguesía y la afirmación del capitalismo, dando paso a una sociedad europea con nuevos valores.

 

Visto lo que antecede, estamos en condiciones de juzgar la influencia que este cambio de ciclo histórico pudo tener en la Reforma promovida por Lutero en primera instancia, secundada por Zwinglio, Calvino, y otros reformadores del siglo XVI, y valorar de qué forma estos cambios contribuyeron a la formación de los modernos estados europeos.

 

Pero éste será tema de una segundan entrega.

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