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ALENAR

Contra las fronteras

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emmanuel-200(EMMANUEL BUCH, 08/10/2011)

“El mundo está hecho de opuestos … pero al final no quedará nadade esos contrastres. Sólo quedará el gran amor.¿Cómo iba a ser si no?” - Edith  Stein

Merece la pena recordar que la Ley, el texto fundacional de Israel, no comienza con la historia de Abraham, padre de los judíos, sino con Adán, padre de la humanidad; Génesis no comienza en el Sinaí sino en Edén [1]. La Biblia comienza mostrando a un único Dios creando una única humanidad y todos los seres humanos sin distinción a Su imagen y semejanza. Así lo recordará el apóstol Pablo: “[Dios] de una sangre a hecho todo el linaje de los hombres” (Hch.17,26). Por eso, todos los seres humanos poseen igual dignidad. Por eso: “Dios no hace acepción de personas” (Deut.10,17; Job 34,19; Lc.20,21; Hch.10,34; Rom.2,11; Gál.2,6; Ef.6,9; Col.3,25; 1ªP.1,17).

Merece la pena recordar que Apocalipsis ofrece una visión de la culminación de la Historia, con el triunfo de Dios y del Cordero. La imagen es impresionante: “Una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos; y clamaban a gran voz, diciendo: la salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero.” (Apoc.7,9-10). El hecho de la diversidad en sus múltiples expresiones no oscurece la verdad que se quiere enfatizar: un solo pueblo, con una misma canción.

Es imprescindible reivindicar una vez más que en el centro de la voluntad de Jesucristo para su Iglesia está la visión de una nueva y única humanidad. Sirva como base de esta declaración el texto de Efesios 2,11-22: los versículos 11-12 narran nuestra separación de Dios y las barreras humanas que nos separan los unos de los otros pero en los versículos 19-22 se declara la reconciliación entre judíos y gentiles a pesar de sus hondas diferencias religiosas, culturales y raciales. La clave de este giro radical está en los versículos 13-18: Jesucristo dio su sangre para reconciliar a judíos y gentiles en un solo cuerpo y en Él anular todas las barreras: “Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación (…) y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades.” (v.14,16).

Una y otra vez a lo largo de la historia los hombres se han empeñado en convertir las diferencias en fuente de conflicto. Sean fronteras físicas o idiomáticas, sean diferencias culturales, económicas, raciales, … el proceso siempre pasa por subrayar lo propio y levantarlo como muro de separación frente al otro y lo otro. Convertida la diferencia en frontera, el camino al conflicto egoísta tiene vía libre. El Evangelio de Jesucristo es pura revolución en el sentido más auténtico del término y lo es en todos los planos de la existencia, personal y social. También en lo que hace a la manera de abordar las diferencias, destruyendo las barreras que los hombres levantan con ellas como pretexto: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.” (Gál.3,28).

“Dios quiere crear un nuevo pueblo en Cristo donde las personas estén reconciliadas unas con las otras por encima de las divisiones raciales [o cualquier otra]. Que no sean extraños. Que no sean extranjeros. Que no haya enemistad. Que no estén distanciados. Que sean conciudadanos de una ‘ciudad de Dios’ cristiana, un templo donde habite Dios. (…) Dios ordenó la muerte de su Hijo para reconciliar entre sí a grupos de personas extranjeras en un cuerpo en Cristo.” [2]

Cristo ha creado, al precio de su sangre, una sola comunidad con gentes de todo linaje, lengua y nación. De ahí que la misión de la Iglesia pase por afirmar que todas las diferencias “han sido trascendidas en la unidad de la familia de Dios” [3] (Stott,253). Ese anuncio solo es creíble con el ejemplo, en la medida que la Iglesia misma encarna en su práctica cotidiana los valores del Reino, a contracorriente de los anti-valores egoístas de este mundo de pecado. “Hubo una época en que la iglesia fue muy poderosa [los cristianos primitivos].  (…) En aquella época, la iglesia no era mero termómetro que medía las ideas y los principios de la opinión pública. Era más bien un termostato que transformaba las costumbres de la sociedad.” [4] La iglesia está llamada a proclamar los valores del Reino encarnándolos en su seno, ejerciendo de termostato –marcando la temperatura moral de la sociedad- y no conformándose con la humilde tarea del termómetro -reproduciendo la (gélida) temperatura ambiente.

Esa vivencia tangible de los valores del Reino por parte de la Iglesia la convierte en testimonio palpitante del poder de Dios para salvación y reconciliación en todos los seres humanos, en todos los ámbitos: “De una u otra manera en la variedad y el encuentro de personas muy diferentes dentro de su experiencia común de haber sido aceptadas por Cristo, en la convivencia mutua y la receptividad recíproca, hay un testimonio del poder de Dios para crear una nueva humanidad.”[5] Cuando la Iglesia cede a la reivindicación de lo igual, sea cual sea su forma, cuando bendice lo homogéneo como criterio de comunidad y se ampara en el pretexto de facilitar la comunicación del Evangelio, está traicionando a Cristo y renunciando a la misión que su Señor le ha encomendado: proclamar reconciliación con Dios y entre los hombres, cualesquiera sean sus características y circunstancias.

“Me pregunto si hay otra cosa que sea más urgente hoy, por el honor de Cristo y por la extensión del Evangelio, que la Iglesia sea lo que debe ser; y que se la vea así, como lo que ya es por el propósito de Dios y la obra de Cristo: una única humanidad nueva, un modelo de comunidad humana, una familia de hermanos y hermanas reconciliados que aman a su Padre y se aman unos a otros, la morada evidente de Dios por su Espíritu. Sólo entonces el mundo creerá que Cristo es el pacificador. Sólo entonces Dios recibirá la gloria debida a su nombre.”[6]


[1] Hermann Cohen: El prójimo. Barcelona: Editorial Anthropos, 2004.
[2] John Piper: Hermanos, no somos profesionales. Terrassa: Clie, 2010. Pg. 225.
[3] John Stott: La fe cristiana frente a los desafíos contemporáneos. Grand Rapids: Libros Desafío, 1999. Pg. 253.
[4] Martin Luther King: “Carta desde la prisión de Birmingham”.
[5] Samuel Escobar: “Las migraciones y la misión de la iglesia cristiana.” In VVAA.Las iglesias y la migración. Consejo Evangélico de Madrid, 2003. Pg. 149.         
[6] John Stott: La nueva humanidad. El mensaje de Efesios. Certeza, 1987. Pg. 108.

Autor: Emmanuel Buch Camí

© 2012. Este artículo fue publicado originalmente el 5 de marzo de 2012 en el Blog del autor, y se reproduce en este espacio con permiso expreso del mismo.

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