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EDITORIAL

EDITORIAL: Siete años después del 11-M el mundo ha cambiado, la Iglesia también

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aev0024Hoy se cumplen siete años de aquel 11-M, que nos despertó a todos los ciudadanos de este país a una realidad que, ignorábamos algunos, y hubieran querido ignorar otros: que España estaba en la agenda criminal del terrorismo internacional.

Eso nos situaba ante un nuevo frente terrorista –cuando aún no habíamos terminado con el de ETA- mucho más complejo y de una naturaleza mucho más difícil de definir, que había dado muestras de lo que era capaz con su primer gran golpe, apenas tres años antes, cuando aviones pilotados por muyahidines de Al-Qaeda, derribaron las Torres Gemelas del World Trade Center en el corazón de Nueva York, EEUU.

Siete años después, la herida del 11-M sigue abierta en la memoria colectiva de los españoles. Siete años después, aún sufrimos las diversas secuelas de ese terrible atentado que cambió al mundo (que nos cambió a todos), empezando, por supuesto, por las víctimas –191 muertos, 1.858 heridos, familiares cercanos y amigos-, quienes merecen nuestro primer recuerdo en este día, y nuestra permanente solidaridad.

También para las víctimas indirectas de aquel fatídico atentado… los vecinos de Madrid y, de modo particular, los del Corredor del Henares, en cuyos municipios (Alcalá de Henares, Torrejón de Ardoz, San Fernando de Henares, Coslada, Vicálvaro, Vallecas, Santa Eugenia, El Pozo, Atocha…), hoy se levantan plazas y monumentos con los nombres de los vecinos que fallecieron, víctimas de las explosiones.

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Crónica de una noche muy larga, testimonio de Jorge Fernández en las páginas del Diario ABC, el 14 de marzo de 2004

Entre los afectados indirectos, por su proximidad al atentado, se encuentra el director de Actualidad Evangélica, Jorge Fernández, vecino –entonces y ahora- de San Fernando de Henares, y usuario habitual del tren de cercanías al que aquella mañana no llegó a tiempo, por un providencial retraso que le dejó en el andén, a salvo de la tragedia. Su Crónica de una noche muy larga, escrita esa misma madrugada y que hoy reproducimos en nuestras columnas de opinión, aún puede leerse en las hemerotecas de algunos medios (ABC.es, Noticias.info) y descargarse en su versión impresa (la imagen que acompaña a estas líneas).

Recordar este suceso es muy importante por varios motivos. Por un lado, porque es la oportunidad de honrar a las víctimas. Pero también, porque es necesario para poder comprender los cambios que se han producido en nuestro mundo y en nosotros mismos. Nos guste o no, en el mundo hay un antes y un después del 11-S y, en España, hay un antes y un después del 11-M.

Hoy, siete años después, vivimos en un mundo diferente al de entonces. La seguridad se ha convertido en un objetivo de primer orden para los Gobiernos y, los ciudadanos, nos mostramos dispuestos a hacer concesiones en muchos de nuestros derechos y libertades que, en otros tiempos, nos hubieran resultado inaceptables.

Las cámaras de seguridad vigilan todos los rincones de nuestras calles. En los aeropuertos aceptamos todo tipo de controles –que en ocasiones rozan lo abusivo- porque nos sabemos vulnerables… frágiles. Aceptamos todas estas molestias e intromisiones en nuestra intimidad, porque somos conscientes de que vivimos en un mundo inseguro y lleno de peligros, ante el que somos extremadamente vulnerables.

Miedo y xenofobia

El miedo no ha sido el único efecto negativo del 11 M; también ha sido el precursor de otros. Porque el miedo suele ser la raíz de muchos otros sentimientos derivados, como lo es, sin duda, la xenofobia. En esto hay que agradecer a las autoridades del Estado, a los medios de comunicación, a las ONG, a las Confesiones religiosas, etc., los esfuerzos que la mayoría han realizado -y realizan- para combatir esta secuela tan peligrosa para la paz y la convivencia, como son las actitudes y comportamientos racistas, personificadas en este caso en el colectivo musulmán, víctima colateral de este atentado.

Pero, como sucede tantas veces, frente a las grandes tragedias de la vida es donde el ser humano se enfrenta con su realidad existencial; se hace preguntas sobre su misión en la vida; y puede llegar a tomar decisiones creativas y trascendentes. Y esto afecta de modo especial a aquellos creyentes en Jesucristo que, ante situaciones de crisis semejantes, levantan sus ojos al cielo como un acto reflejo y preguntan a Dios: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?”.

El pastor Bill Hybels, de la Iglesia estadounidense Willow Creek Community Church, en South Barrington, Illinois, cuenta en un relato autobiográfico cómo, al verse a sí mismo de pie sobre los escombros de la zona cero, lugar al que acudió el día del atentado del 11-S para ofrecer sus servicios como capellán evangélico, recibió una visión que cambió el rumbo de su vida y de su ministerio eclesial. La visión de que, “la Iglesia es la esperanza del mundo”, según sus propias palabras.

Según él, en esa circunstancia tan desoladora, se dio cuenta de que ninguna organización humana en la tierra tenía algo que ofrecer para consuelo y esperanza, con excepción de la Iglesia.

La iglesia despierta

Salvando las distancias, en Madrid pasó algo parecido. El reducido grupo de pastores que acudió espontáneamente, esa trágica noche del 11 M, a las instalaciones del centro de convenciones IFEMA -donde se había instalado una improvisada morgue para el reconocimiento de los cadáveres por parte de los familiares-, salió de ese lugar con una visión que, meses después, se cristalizó en la organización del Servicio de Capellanía Evangélica del Consejo Evangélico de Madrid (CEM), y la firma de un convenio con AENA (Administración Española de Aeronavegación Aeroportuaria), para la prestación regular de este servicio en el aeropuerto de Barajas (Madrid), terminales T1 y T4.

Este convenio ha sido un impulso, además, para el desarrollo de este mismo servicio de capellanía en los centros penitenciarios de la Comunidad de Madrid y para que, precisamente hoy, 11 de marzo de 2011, se firme un convenio con la Comunidad de Madrid, para la Asistencia Religiosa Evangélica Hospitalaria, a cargo  del cuerpo de capellanes del Consejo Evangélico de Madrid.

En síntesis: las grandes tragedias –nunca deseadas, por supuesto- son para la Iglesia de Jesucristo aguijones dolorosos, pero que tienen el efecto de despertarla de su letargo y de hacerle tomar conciencia de la importancia y singularidad de su misión evangélica. Nadie más tiene el don de llevar el consuelo, la esperanza, la paz y la misericordia de Dios a las mentes y a los corazones heridos de nuestro prójimo, alumbrando con el mensaje de siempre, en las noches oscuras de ahora: que Cristo –ayer, hoy y siempre- es la esperanza del mundo.

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