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CRISIS ECONÓMICA

Cuando a la codicia se llama ciencia

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David Casado Cámara(DAVID CASADO, 07/03/2011) Como veremos, cuando a la codicia se llama ciencia ocurren cosas maravillosas. No seré yo quien discuta la validez y utilidad de una ciencia como la económica. Ciertamente necesitamos de una rama del conocimiento que nos ayude a comprender los procesos mediante los cuales personas y sociedades satisfacen sus necesidades y, además, nos auxilie para realizar una asignación adecuada de los recursos disponibles, siempre escasos. La economía, pues, en la medida en que personas y sociedades han sido capaces de satisfacer sus necesidades y de asignar sus recursos a lo largo de los siglos ha existido desde siempre. Esto es indiscutible, del mismo modo que también lo es el que el desarrollo alcanzado por la economía durante los dos últimos siglos, al igual que ha ocurrido con el resto de las ramas del saber humano, ha sido espectacular. Pero eso es una cosa y otra muy distinta disfrazar la codicia con la aureola de lo científico, que es lo que realmente está ocurriendo de un tiempo a esta parte.

La economía goza hoy de un predicamento que no tuvo en épocas anteriores, teniéndolo, entre otros motivos, por estar reputada como ciencia. Y, desde luego, no se puede negar todo el aparato matemático y terminológico que la sostiene. Pero más allá de ello, nos encontramos con que muchas de sus formulaciones, incluso las fundamentales, no son tan científicas como se pretende.

Lo que denunciamos no tiene que ver, por tanto, con la aparición y adopción de nuevos conceptos y herramientas de carácter económico. Tiene que ver con el servicio prestado a aquellos cuya codicia, a diferencia de lo que ocurre con los recursos naturales de nuestro planeta, no tiene fin. Y este servicio no es proporcionado, afortunadamente, por la totalidad de los economistas de hoy en día, pero sí por una gran mayoría. Un ejemplo de lo que quiero decir nos lo brinda la actuación de estos expertos durante los momentos más álgidos de la crisis de la deuda soberana, que, por cierto, aún no ha terminado, sino que simplemente se encuentra en un impasse necesario para reponer fuerzas y planificar el siguiente golpe por parte de los malamente llamados inversores. Pues bien, los economistas a los que los citados medios se han dirigido, casi todos ellos pertenecientes a prestigiosas firmas consultoras, es decir, bien integrados en el sistema, al ser requeridos sobre los problemas de la deuda soberana de España respondieron, casi como un corifeo, justificando la actuación de los mercados.

Para ellos no contó el hecho de que sean muy pocas personas físicas las que controlan a través de sociedades interpuestas un montón de entidades que, en conjunto, manejan centenares de miles de millones de euros. Reducidos a un selecto grupo al que han de rendir pleitesía hasta los mismísimos jefes de gobierno de las primeras potencias económicas, estas pocas personas maquinan estrategias y manipulan mercados. Y tal como se ha denunciado por parte de la prensa, estas actuaciones se han hecho de forma concertada, con lo cual, de hecho, estamos ante un monopolio o cuasi monopolio. Pero a la hora de explicar lo que pasaba, los expertos miraron para otro lado. No tuvieron en cuenta esta realidad. Explicaron el fenómeno como si estuviera ocurriendo en un mercado perfecto, un mercado en el que nadie por sí solo tiene la capacidad de incidir de forma relevante en la formación de los precios.

Otro de los aspectos obviados, derivado, precisamente, de su capacidad de manipular la opinión pública y la especializada, así como el precio, es lo que se ha dado en llamar las profecías autocumplidas. Basta con que unas pocas personas o instituciones relevantes, identificadas con el grupo o pertenecientes al mismo, lancen una serie de bulos, a veces hasta sin apariencia de verdad, para que la maquinaria se ponga en marcha. Una vez puesta, sólo hace falta engrasar los engranajes a base de apostar en los mercados con tomas de posición a la baja y con el lanzamiento de nuevos bulos. Si se tiene la suficiente fuerza económica y mediática, y la tienen, la estratagema funcionará. Los precios bajarán y estos señores allegarán a sus particulares alfolíes miles de millones de euros. Y así vez tras vez; hoy con una cosa y mañana con otra.

Si satisfacer su codicia resultara gratis, no estaría mal. Pero la realidad es que la satisfacción de su codicia cuesta a las poblaciones sangre, sudor y lágrimas. Ahora, eso sí, los corifeos, transmutando la codicia en ciencia, dirán, aparentando objetividad propia de laboratorio, que es así como funcionan los mercados. Y también que los grandes beneficiarios de este funcionamiento no son los que están llenando sus bolsillos a manos llenas, sino quienes están siendo esquilmados.

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