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OPINIÓN / ALFONSO ROPERO

La Leyenda Negra: ¿fue Lutero un oportunista?

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En su denuncia contra la Leyenda Negra, algunos autores como la filóloga María Elvira Roca Barea, bestseller con su "Imperiofobia", cargan contra Lutero de manera indiscriminada. En este artículo el autor describe los distintos puntos de vista sobre la Leyenda Negra y defiende a Lutero como "genio religioso".

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(ALFONSO ROPERO, 11/06/2019) Desde hace más de un siglo se ha escrito mucho sobre la Leyenda Negra que parece cernirse sobre España, pero ninguna obra ha tenido la resonancia de la escrita por filóloga María Elvira Roca Barea, hasta el punto de convertirse en un fenómeno editorial con 100.000 ejemplares vendidos.[1]

Es frecuente encontrarse a la autora en multitud de entrevistas en los medios de comunicación. Antes de que apareciese el libro de Roca Barea (2016), historiadores de prestigio como Ricardo García Cárcel[2], Joseph Pérez[3] y Jesús Villanueva[4] escribieron sendos y bien documentados ensayos, de carácter académico, que ponen en cuestión el estatuto de leyenda de la crítica extranjera de España, cuyo núcleo consiste en la afirmación de que España es presa de una tradición oscurantista y despótica, herencia de tiempos de Felipe II y la Inquisición.

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La Leyenda negra, afirmación y crítica

Para Jesús Villanueva habría que mostrar historiográficamente la continuidad de la imagen negativa, “negra”, de la historia de España a lo largo de cuatro siglos, el que esa imagen sea producto de algún tipo de hostilidad, que los españoles hayan estado siempre obsesionados por el tema. En su opinión, esa demostración no se ha hecho y la idea de la peculiaridad de la leyenda negra española, como mínimo, se ha exagerado mucho. Villanueva presenta un interesante panorama histórico que arranca con Emilia Pardo Bazán, pasa por la guerra de Cuba, el régimen de la Restauración y su represión del anarquismo, con redadas masivas, torturas, ejecuciones sin pruebas; la dictadura de Primo de Rivera, hasta llegar a nuestros días, deteniéndose en la España de Franco, cuyo régimen dictatorial rechaza todas las críticas a España como parte de la leyenda negra mantenida y orquestada por judíos, comunistas, protestantes y masones. Un curioso dicho que circulaba en aquella época decía: “Protestante, rojo y masón, parecen tres cosas y una solo son”. Para el régimen, las calumnias y el ataque a España se debían a su defensa inconmovible de los valores del Espíritu. “¿Por qué así?”, se preguntaba Franco en un discurso de abril de 1945, y respondía: “Porque en España se predicaba el Evangelio, porque sobre la bandera de España figuraba una cruz, porque España evangelizaba mundos y porque España era faro de luz y bienestar que no convenía a los extraños”.[5]

Villacañas sostiene que el libro de Roca Barea es “dañino y peligroso”, carente de rigor intelectual, ajeno a los “parámetros de la investigación histórica y académica” y caracterizado por un “populismo intelectual reaccionario”.

También para García Cárcel, la Leyenda Negra ni es leyenda -en tanto en cuanto el conjunto de opiniones negativas de España tuviera no pocos fundamentos- ni es negra, dado que el tono nunca fue constante ni uniforme. Abundan los grises. En la misma línea se sitúa el filósofo e historiador José Luis Villacañas, que contribuye al debate con un reciente trabajo titulado Imperiofilia y el populismo nacional-católico, en confrontación con la obra de Roca Barea. Para Villacañas, la supuesta leyenda negra fue limitada en el tiempo y tuvo que ver con las luchas contra ingleses y holandeses, pero que después de 1648 no tuvo una gran presencia entre la intelectualidad europea. Al contrario, los viejos enemigos, Inglaterra y Holanda, se convierten en los mejores defensores del Imperio español a finales del siglo XVII, para que no cayera en poder de Luis XIV y de los franceses. Y si aún perduran arquetipos de esa leyenda ha sido por los 40 años de franquismo, por la reactivación hoy de algunos de ellos y por la influencia de una forma de catolicismo arraigada en el folclore[6]. Villacañas sostiene que el libro de Roca Barea es “dañino y peligroso”, carente de rigor intelectual, ajeno a los “parámetros de la investigación histórica y académica” y caracterizado por un “populismo intelectual reaccionario”.

Roca Barea incide en lo que Juderías había defendido hace un siglo: la convicción victimista de que España ha sufrido a lo largo de la historia una "leyenda negra", una operación de descrédito que ha castigado tradicionalmente a nuestro país con la imagen de pueblo atrasado lleno de fanáticos religiosos, intolerante, culturalmente limitado y explotador de víctimas inocentes, una descalificación permanente basada en mentiras, exageraciones, distorsiones interesadas de la realidad histórica[7]. Roca Barea escribe de manera beligerante y mantiene que “la leyenda negra existe, es leyenda y es negra”. Y acusa de presuntos negacionistas a todos los historiadores que han defendido la desdramatización de la carga fatalista del término leyenda negra.

20190607 1Para el hispanista francés Joshep Perez, esta leyenda nació ciertamente a mediados del siglo XVI, en el contexto del Imperio español cada vez más dominante y de la Reforma protestante que triunfa en el norte de Europa y es combatida a muerte en España[8]. Aunque surge con Carlos V, cristaliza en torno a tres ejes: Felipe II, el rey más poderoso de la cristiandad, presentado por sus enemigos como epítome del oscurantismo represivo y la crueldad total; la Inquisición, sus autos de fe, y la conquista de América. Habilidosamente manipulada, la historia de España es presentada con los colores más oscuros de la crueldad y la intolerancia. Fue tal la aversión generalizada de lo español, que Erasmo, viajero incansable, rechazó la invitación de Cisneros de venir a España, donde era muy apreciado y tenía muchos más seguidores que en el resto de Europa. Por su parte, Lutero, que nunca pisó el país, califica a los españoles de “bestias”, e incluso acuñó un nuevo término al que era muy aficionado: “españoturcos”. Téngase en cuenta que en esa época los turcos eran los enemigos por excelencia de la cristiandad. 

Según Joseph Pérez, “la leyenda negra se construye para debilitar el poder de la Casa de Austria, pero cuando viene su declive, a partir de la paz de Westfalia en 1648, el argumento es el de una España rendida al oscurantismo del papado frente al progreso de las Luces. A finales del XIX, las naciones anglosajonas miran con desprecio a las latinas. La leyenda negra seguía presente”[9]. Paradójicamente, la leyenda negra de España surge en el momento que más admiración despertaba. “Al principio de todo está la reacción contra la superioridad española del siglo XVI, que es indudable. Hay una gran admiración por las cosas de España, por la lengua —se habla español en casi toda Europa—, por la literatura, las artes, las ideas religiosas, la moda... Se admira todo lo que viene de España, pero al mismo tiempo la gente, en Italia, Inglaterra, Francia, Países Bajos, Alemania... tiene miedo de lo que se cree, se supone, son las intenciones de España que quiere dominar a toda Europa”.[10]

María Elvira Roca dice que todos los imperios, por el hecho de ser imperios, han tenido y tienen sus leyendas negras, el problema es cuando estas se asumen como ciertas y determinan la propia visión, dando lugar a un complejo de culpa y una baja autoestima.

“Evidentemente, en la rica y larga Historia de España hay momentos y actuaciones criticables, oscuros, si bien, en términos generales, y puesto que podemos sostener que el nuestro fue un imperio ‘generador’ de otras sociedades, tales hechos palidecen ante las naciones políticas soberanas nacidas de la transformación de tal Imperio”.

Al principio de su obra, Juderías dice que las naciones son como individuos, que viven de su reputación, y al final concluye con una pregunta: si se respeta la honra de los individuos, ¿por qué no se ha de respetar la de los pueblos? Nelson Mandela creía, y así lo repite varias veces en sus memorias, que el mayor enemigo para el progreso de los negros era la rémora de una visión negativa de la negritud, interiorizada por los propios negros. Algo semejante ocurre con los españoles. Es lo que defiende el profesor García Cárcel: el síndrome de la interiorización por parte de los españoles de las opiniones negativas provenientes del exterior. “Algunos españoles siguen, en definitiva, sin aceptar su historia y prefieren cultivar el masoquismo”.[11]

A la pregunta ¿por qué en nuestro país el sentimiento nacional tiende a ser más débil? Iván Vélez, otro autor que se ha ocupado del tema, responde que continúa siendo un enigma, un curioso fenómeno que, en nuestro entorno histórico-geográfico-cultural, sólo se da en España: no se conoce ningún pueblo que se aprecie menos a sí mismo que los españoles; ninguna sociedad moderna y democrática está afectada por el complejo de ser lo que naturalmente se es. ¿Es posible que aquella persistente propaganda negativa haya calado tanto en la mentalidad de los españoles, generación tras generación que, por ello, no nos damos cuenta que estamos condicionados por ella? “Evidentemente, en la rica y larga Historia de España hay momentos y actuaciones criticables, oscuros, si bien, en términos generales, y puesto que podemos sostener que el nuestro fue un imperio ‘generador’ de otras sociedades, tales hechos palidecen ante las naciones políticas soberanas nacidas de la transformación de tal Imperio”.[12]

María Elvira Roca asegura que “los españoles tenemos un problema de autoestima desde hace siglos. Comienza en el XVIII con los Borbones. Desde entonces se aceptan como verdades los tópicos de la leyenda negra, que no son más que parte de cierta propaganda antiespañola creada con la intención de desprestigiar el poderío español. Los intelectuales españoles han tenido que ser hispanófobos para tener prestigio”[13]. Esta es una afirmación injusta, nunca han faltado autores españoles liberales críticos de la leyenda negra. Hace unos años, la Dra. Yolanda Rodríguez Pérez, profesora en el Departamento de Estudios Europeos de la Universidad de Ámsterdam, editó una magnífica obra con vistas a desmentir una opinión generalizada, pero errada: el supuesto silencio de las autoridades a las críticas vertidas en la leyenda negra. No callaron, sino al contrario, “los gobernantes e intelectuales españoles contestaron profusamente a estas acusaciones y no adoptaron –como se suele creer– un desdeñoso silencio, producto, por una parte, de la supuesta arrogancia hispánica y, por otra, de un mesianismo fanático que les hacía o bien creerse infalibles —Dios estaba de su lado— o dejarse llevar pasivamente por los acontecimientos, expresión de la voluntad divina”.[14]

Lutero y la supuesta alianza con Hutten y Sickingen

Hay un punto muy importante del cual, en cuanto españoles y cristianos de orientación protestante o evangélica, tenemos que discrepar de la autora de Imperiofobia. Es aquel que, en su intención de descalificar a los promotores de la leyenda negra española, cae en el mismo error que combate. Así ocurre en el caso de Lutero, al que describe como un oportunista mendaz.

Podemos simpatizar con todos aquellos historiadores y escritores que se esfuerzan en mostrar que nuestra historia nacional no fue más negra que la del resto de los países, ni más dolorosa de lo que ya es de por sí en todos los países. “España no fue ni peor ni mejor que las otras potencias europeas” (J. Pérez). Sin embargo, hay un punto muy importante del cual, en cuanto españoles y cristianos de orientación protestante o evangélica, tenemos que discrepar de la autora de Imperiofobia. Es aquel que, en su intención de descalificar a los promotores de la leyenda negra española, cae en el mismo error que combate. Así ocurre en el caso de Lutero, al que describe como un oportunista mendaz.

Ciertamente la actuación de Lutero en la guerra de los campesinos que asoló su región en los primeros años de la Reforma no tiene nada de ejemplar. Al contrario, pero esto no nos da licencia para tergiversar la historia.

María Elvira Roca afirma que Lutero se asustó por la magnitud que llegó a tener la rebelión de los campesinos. Entonces “comprendió que era suicida mezclar la renovación del espíritu con las rebeliones de hambrientos y, tras la muerte de Hutten y Sickingen, se puso sin titubeo del lado de los príncipes”.[15]

Ulrich von Hutten y Franz von Sickingen fueron cabecillas de la rebelión de los caballeros empobrecidos que se unieron a los campesinos. La autora los presenta como aliados de Lutero. Cuando ambos fallecen, uno por las heridas recibidas en combate, el otro por una enfermedad, la Sra. Roca dice que, sin ellos, la posición de Lutero se torna muy débil, y llega a decir que el escrito de Lutero Contra las hordas asesinas y ladronas de campesinos, aparecido pocos meses después de la muerte de los mencionados caballeros, es una manera traidora de distanciarse de los campesinos y alinearse de una manera incondicional con los señores alemanes. Ambos, dice la autora, Hutten y Sickingen, fueron un apoyo crucial para Lutero en los primeros tiempos. “Este no se desgajó del bando rebelde hasta que se vio solo y comprendió que la victoria estaba del lado de los príncipes. Por ello, fue duramente criticado por otros líderes protestantes como oportunista”. [16]

¿Realmente lo fue?

Es cierto que Ulrich von Hutten, apoyó la Reforma luterana desde bien temprano (1519). Su principal objetivo fue liberar a Alemania del yugo romano, lo que le llevó a unirse a Franz von Sickingen (1481-1523), que trabajaba por el renacer político de Alemania. Ahora bien, el interés de Hutten era más político y social que religioso, mientras el de Lutero era exclusivamente religioso. Esto no excluye, sin embargo, una mutua influencia. Sickingen fue un peculiar representante de los “caballeros rampantes” que no reconocían a ningún superior sino a su monarca, un mercenario al servicio y protección de las ciudades ricas. Ciertamente ofreció a Lutero “la protección de su espada y la hospitalidad de su castillo, pero Lutero prefirió guardar las distancias. Prudentemente dio las gracias por ambas ofertas pero no las aceptó, aclarando que el conflicto en que se hallaba era enteramente espiritual”.[17]

Sickingen, en su intento de derribar la constitución del Imperio, como pretendido campeón de los pobres, pionero del evangelio y líder de la Liga Fraternal organizada en Landau el 13 de agosto de 1522 comenzó la primera guerra de religión declarada en suelo alemán. Sin el apoyo necesario, Sickingen murió el 7 de mayo de 1523 a consecuencia de las graves heridas sufridas durante el sitio de su castillo de Nanstein por la coalición de príncipes dirigida contra él por Felipe de Hesse y el elector del Palatinado.[18]

Como es reconocido por todos los historiadores, Lutero no fue un revolucionario en material social ni política. Su concepción de la libertad cristiana era espiritual. Creyó, y así enseñó, que era necesario someterse a las autoridades legítimas. 

Como es reconocido por todos los historiadores, Lutero no fue un revolucionario en material social ni política. Su concepción de la libertad cristiana era espiritual. Creyó, y así enseñó, que era necesario someterse a las autoridades legítimas. “Por esta razón rehusó apoyar la rebelión de los caballeros dirigida por Franz von Sickingen contra las posesiones temporales de los obispos renanos”.[19] Lutero rechazó desde el principio la ayuda ofrecida de von Hutten y von Sickingen, quienes en realidad tergiversaron y utilizaron sus ideas, llevándolas al terreno social y político.[20] “Hutten más bien se sirvió de Lutero para provocar revoluciones con sus panfletos y sátiras, junto a su amigo y también caballero, Franz von Sieckingen”.[21]

Roland H. Bainton, decía que “el revolucionario más intrépido es el que teme a algo más grande que cualquier cosa que sus contrarios puedan hacerle. Lutero, que había temblado tanto frente a Dios, no tenía miedo frente al hombre. Cuando la cuestión se planteó más claramente, se evidenció que no desataría violencias ni a favor de sí ni del Evangelio. En enero de 1521 le escribía a Spalatino: «Ves lo que pide Hutten. No estoy dispuesto a luchar por el evangelio con derramamiento de sangre. Ya le he escrito en este sentido. El mundo es conquistado por la Palabra y por ella la Iglesia es salvada y restaurada. Pero también el Anticristo, así como empezó sin que intervenga la mano del hombre, así sin la mano del hombre caerá por obra de la Palabra»”.[22]

Podemos estar en desacuerdo, y lo estamos, en el papel que Lutero jugó en la guerra de los campesinos, pero de ningún modo podemos aceptar la acusación de “oportunismo” lanzada por Roca Barea. Simplemente, fue fiel a su conciencia y reaccionó conforme a ella. Podría haberse comportado de otra manera, pero no lo hizo y siempre creyó que actuó en consecuencia.

La guerra de los campesinos y Thomas Müntzer

La historia es consabida. El malestar y el descontento del campesinado en Alemania venía de lejos. Las rebeliones campesinas eran frecuentes en Europa a finales de la Edad Media. Las condiciones económicas de los campesinos alemanes se habían empeorado mucho con el desarrollo de la economía de mercado. Antes de la Reforma hubo varios levantamientos del campesinado que fueron aplastados con facilidad, pues por lo general los campesinos carecían de dirigentes y de un programa en común.

Lutero, que no era un revolucionario, aunque tampoco le faltaba valor para denunciar los abusos e injusticias de los nobles y terratenientes, no compartió la protesta campesina.

Al aparecer Lutero, con su predicación regeneradora y novedad evangélica, que implicaba aspectos sociales, los campesinos creyeron que Dios había enviado a Lutero para librarlos de su servidumbre y sometimiento a los abusos de los señores feudales. Lutero, que no era un revolucionario, aunque tampoco le faltaba valor para denunciar los abusos e injusticias de los nobles y terratenientes, no compartió la protesta campesina. Lutero había escrito en su tratado La libertad cristiana (1520), que “un cristiano está sujeto sobre todo al Señor y a nadie más que a él”, lo cual tomado al píe de la letra daba mucho para introducir en ese postulado reivindicaciones seculares. El acceso del pueblo al mensaje bíblico patrocinado por los reformadores, fue entendido por cada cual según sus intereses y preferencias. El campesino leyó en él el derecho a ser descargado de las pesadas cargas que les agobiaban. Los campesinos de la alta Suabia redactaron una reivindicación compuesta por Doce Artículos. No podían ser más moderados y razonables. Solo pedían el derecho a vivir sin miedo a la miseria.

Pero es cosa bien conocida que la clase gobernante tiene una sensibilidad muy desarrollada respecto a la defensa de sus privilegios. Cree que el descontento es una enfermedad de perezosos; cualquier reivindicación que les afecte aparece ante sus ojos como exorbitante y contraria a las costumbres y la constitución del orden natural.

Fieles a su casta, los príncipes estatales y la Iglesia —que tenía sus propios príncipes— rechazaron las exigencias de los campesinos. Estos se rebelaron y manifestaron en una revuelta que comenzando en la Selva Negra (año 1524), se extendió con gran rapidez a buena parte de Alemania meridional, llegando hasta el Tirol y Estiria. Los sublevados, campesinos y algunos caballeros arruinados, aseguraban que no eran rebeldes, que nada pretendían subvertir ni destruir, sino que se limitaban a interpretar la palabra del Evangelio, palabra de salvación eterna y también palabra de justicia terrena. Thomas Müntzer incendió los ánimos prometiendo la inminente venida del reino justo de Cristo. Müntzer inicialmente fue un seguidor de Lutero, pero se alejó de este cuando creyó percibir que Lutero estaba comprometiendo la Reforma, una reforma que también tenía que ser social y eclesial. Adoptó una postura radicalmente revolucionaria, abogando por la liberación mediante las armas. Pretendía establecer su visión de un orden social justo: abolición de privilegios, disolución de monasterios, creación de refugios para los desposeídos, donaciones para los pobres, una igualdad para todos; una especie de comunismo primitivo. Müntzer se puso de parte de los campesinos y los arengó a no tener compasión con los príncipes y nobles opresores. Su versión del Evangelio había sido siempre milenarista y violenta, al menos en sus metáforas, que hablaban mucho de la cosecha, la guadaña y la trilla en la era. “A medida que iba perdiendo de vista la realidad, empezó a revestirse de ínfulas sociales. En sus cartas retumba el clamor de las batallas”. [23]

Los campesinos comenzaron a incendiar iglesias, a saquear monasterios y a atacar castillos de nobles y obispos. Además de Müntzer, otros de los primeros amigos y colaboradores de Lutero también mostraron su simpatía por los campesinos y sus reivindicaciones, pero cuando acudieron a Lutero en la confianza de obtener su apoyo, Lutero “malinterpretó las ideas de los campesinos hasta el punto de afirmar que los «predicadores malos» como Karlstadt y Müntzer tenían la culpa de los disturbios”.[24] Les conminó a someterse a los gobernantes, tanto si eran buenos, como si eran malos. Los campesinos se equivocaron al identificar su causa social y económica con la causa espiritual del Evangelio. 

Al principio Lutero quiso mediar como árbitro entre las partes con su Exhortación a la paz, enemigo de toda rebelión violenta que consideraba contraproducente. 

Al principio Lutero quiso mediar como árbitro entre las partes con su Exhortación a la paz, enemigo de toda rebelión violenta que consideraba contraproducente. Cuando arreció la violencia y la barbarie, escribió un tremendo panfleto contra los campesinos, exhortando a los príncipes a acabar con ellos, en cuanto banda de criminales. Los nobles no necesitaban precisamente esta arenga, ya estaban dando buena cuenta de los campesinos derrotadas, y Lutero habría estado mejor callado. Los cuchillos ya estaban bien afilados y listos para cortar y matar, lo que menos necesitaban era ser bendecidos.

La guerra del campesinado fue un fracaso absoluto y la victoria de los príncipes una historia nada gloriosa de venganza despiadada. El número de víctimas fue elevadísimo por parte de los campesinos.[25] Lo más grave de todo, como señala Atkinson, fue que la Reforma luterana se enajenó el campesinado. “La idea entera de mejora social sufrió un choque tal que cualquier intento subsiguiente en esa dirección fue sospechoso”.[26]

Lutero también salió muy mal parado. Perdió gran parte de su popularidad y fue vituperado como “lacayo de los príncipes”.[27] Se puede decir que el pueblo se perdió para su causa. Después de estos acontecimientos, los príncipes luteranos asumieron rápidamente el control de la organización eclesiástica. “Los pastores y doctores de la Iglesia luterana estaban sin duda mucho más preparados y comprometidos en la tarea de la predicación y de la educación religiosa de la gente de lo que estaban los párrocos alemanes antes de la Reforma. Pero ahora se habían convertido en funcionarios del Estado patriarcal y, a menudo, reaccionario, quienes mantuvieron vigente en Alemania por otros tres siglos las instituciones tradicionales de la sociedad señorial”.[28]

Para concluir con una nota en defensa de Lutero y su misión, es preciso asentar que él nunca quiso ser un agitador social. Él se sentía llamado a predicar el Evangelio y exponer la Palabra de Dios con fidelidad. En ambos campos se mostró magnífico, clarividente, muy adelantado a su época. No hay duda que fue un genio religioso. Un precursor de reformas religiosas que a la Iglesia católica romana le llevará casi cinco siglos comprender y aceptar, como el concepto de Iglesia como pueblo de Dios, donde todos son sacerdotes; el llamamiento universal a la santidad de todos los cristianos, enseñando que no es necesario haberse monje o sacerdote para servir a Dios y aspirar a una vida santificada. El cristiano puede casarse y dedicarse a su oficio como si de una vocación religiosa se tratase, sin miedo a perder la salvación, pues cualquiera que sea su función o tarea que desempeñe en el mundo, desde el momento que lo desempeñe en la fe y por amor al Señor, está haciendo la obra de Dios.

Y, sobre todo, su insistencia en la justificación por gracia, mediante la fe, no por obras ni penitencias, liberó a millones de almas del temor a la condenación y les abrió las puertas del paraíso. 

Alfonso Ropero

Alfonso Ropero

Autor: Alfonso Ropero Berzosa. Director de Publicaciones de Editorial CLIE. Doctor en Filosofía, Saint Alcuin House, College, Seminary, University, Oxford Term (Inglaterra); profesor de Historia de la Filosofía en el Centro de Investigaciones Bíblicas (CEIBI), Santa Cruz de Tenerife.

© 2019. Este artículo puede reproducirse siempre que se haga de forma gratuita y citando expresamente al autor y a ACTUALIDAD EVANGÉLICA. Las opiniones de los autores son estrictamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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[1] María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y leyenda negra. Siruela, Madrid 2017.

[2] Ricardo García Cárcel, La leyenda negra, historia y opinión. Alianza Editorial, Madrid 1992.

[3] Joseph Pérez, La leyenda negra. Gadir. Madrid 2009.

[4] Jesús Villanueva, La leyenda negra. Una polémica nacionalista en la España del siglo XX. Los Libros de la Catarata, Madrid 2011.

[5] Citado por Jesús Villanueva, La leyenda negra, p. 130.

[6] José Luis Villacañas, Imperiofilia y el populismo nacional-católico. Editorial Lengua de Trapo, Madrid 2019.

[7] Julián Juderías, La leyenda negra de España, 1914. Reedición a cargo de Luis Español Bouché. La Esfera de los Libros, Madrid 2014.

[8] “España aparece como la nación que se ha resistido a la Reforma por antonomasia. Y hay también en las naciones del norte, que son protestantes y anglosajonas, otra idea que surge y que va a tener mucho éxito: la superioridad de la raza anglosajona sobre la latina. Estos son los prejuicios que han alimentado la Leyenda Negra hasta bien entrado el siglo XX, pero ya han sido rechazados por los historiadores. No cabe duda de que durante mucho tiempo eso ha influido en la imagen que se tenía en el extranjero de España. En el siglo XVIII España sigue siendo una gran potencia —la tercera de Europa—, pero ya no tiene la misma supremacía intelectual. Los rasgos fundamentales de la Leyenda Negra ya no se pueden sostener”. J. Pérez, entrevista de Antonio Astorga, https://www.abc.es/20091213/cultura-/joseph-perez-leyenda-negra-200912130206.html

[9] http://elpais.com/diario/2009/11/21/cultura/1258758001_850215.html

[10] http://www.abc.es/20091213/cultura-/joseph-perez-leyenda-negra-200912130206.html

[11] http://www.letraslibres.com/mexico-espana/libros/la-leyenda-negra-joseph-perez-historia-literatura-sociedad.

[12] Iván Vélez, Sobre la Leyenda Negra. Encuentro, Madrid 2014.

[13] http://cultura.elpais.com/cultura/2017/02/27/actualidad/1488186245_628784.html

[14] Yolanda Rodríguez Pérez, Antonio Sánchez Jiménez, Harmden Boer, eds. España ante sus críticos. Las claves de la Leyenda Negra. Iberoamericana Vervuert, Madrid 2015.

[15] María Elvira Roca, Imperiofobia y leyenda negra, p. 166.

[16] María Elvira Roca, Imperiofobia y leyenda negra, p. 167.

[17] John Fletcher y Alfonso Ropero, Historia general del cristianismo, p. 205. CLIE, Barcelona 2008.

[18] Peter Elsel Starenko, Franz Von Sickingen and the Reformation: A Revision. University of Oregon, 1990. “Fue el fin del ideal de la unidad de la «nobleza cristiana» con la que Lutero soñara tres años antes, cuando escribió A la nobleza cristiana de la nación alemana” (Lyndal Roper, Martín Lutero, renegrado y profeta, p. 200. Taurus, Madrid 2017).

[19] B. Bennassar, J. Jacquart, N. Blayau, M. Denis, F. Lebrun, Historia moderna, vol. 8, p. 109. Akal, Madrid 2005.

[20] Richard, Mackenny, La Europa del siglo XVI, p. 177. Akal, Madrid 1996.

[21] Salvador Castellote Cubells, Reformas y contrarreformas en la Europa del siglo XVI, p. 23. Akal, Madrid 1997.

[22] Roland H. Bainton, Lutero, cap. VII. CUPSA, México 1989.

[23] Patrick Collinson, La Reforma, p. 88. Debate, Barcelona 2004.

[24] Lyndal Roper, Martín Lutero, renegrado y profeta, p. 275. Taurus, Madrid 2017.

[25] “Mientras que en el levantamiento de los campesinos había habido una salvaje crueldad en la destrucción de iglesias, conventos y castillos, solo excepcionalmente se había llegado a matar a alguna persona, los príncipes impusieron con dura crueldad la muerte a golpes o a espada. El número de aldeanos matados se calcula en más de cien mil. Fueron decapitados, atravesados con la pica, quemados. Muchos fueron dejados ciegos, sacándoles los ojos, se le cortó la lengua y los dedos, nada les fue perdonado”. Wilhelm Neuss, Historia de la Iglesia, vol. IV. La Iglesia en la edad moderna y en la actualidad, p. 72. Rialp, Madrid 1962.

[26] James Atkinson, Lutero y el nacimiento del protestantismo, p. 278. Alianza Editorial, Madrid 1971.

[27] Joan Busquets, ¿Quién era Martín Lutero?, p. 167. Sígueme, Salamanca 1986.

[28] Mario Miegge, Martín Lutero. La Reforma protestante y el nacimiento de las sociedades modernas, p. 68. CLIE, Barcelona 2016.

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